viernes, 3 de agosto de 2018

Lo contingente y lo necesario en la forma social de la materia — N. V. Pilipenko

¿No es acaso esto oscurantismo, cuando la teoría pura es cuidadosamente separada de la práctica; cuando el determinismo es limitado al terreno de la “investigación”, y en el terreno de la moral y de la actividad social y en todos los otros terrenos, exceptuando el de la “investigación”, se deja el problema a una apreciación “subjetiva”? En mi gabinete —dice el sabio pedante— soy determinista; pero no dice palabra del deber del filósofo de construir sobre la base del determinismo una concepción integral del mundo que abarque tanto la teoría como la práctica. Mach dice banalidades porque teóricamente el problema de la correlación entre la libertad y la necesidad no ofrece a sus ojos ninguna claridad. [...] ¡La teoría, para los profesores; la práctica, para los teólogos! O bien: en teoría, el objetivismo (es decir, un materialismo “vergonzante”); en la práctica, el “método subjetivo en sociología”. | V. I. Lenin


 
Nikolay Varfolomeevich Pilipenko
(1916)


2. El desarrollo social y el determinismo científico

En párrafos anteriores hemos hecho ver que son muchos los filósofos y sociólogos occidentales que, en virtud de ciertos intereses de clase, procuran presentar de modo deformado la esencia de los procesos que tienen lugar en la sociedad, dándoles una interpretación idealista-metafísica unilateral. La sociedad es conceptuada en sus teorías no como un organismo integral y complejo que funciona y avanza según leyes objetivas y en el que todos los elementos se hallan interconexos. Al contrario, toman un factor de la vida social, le conceden un valor absoluto, y ven en él un resorte del movimiento de aquélla, deformando de ese modo las dependencias reales entre las distintas facetas de la realidad social.

Los fundadores de la concepción materialista dialéctica de la historia, Marx y Engels, fueron los primeros en mostrar con rigor científico las regularidades del desarrollo social, aclararon el papel que la necesidad y la contingencia histórica juegan en él y revelaron los factores principales que determinan su contenido y dirección. En una palabra, interpretaron lo que en conjunto constituye el concepto de determinismo social.

Conforme a la concepción materialista de la historia, el progreso de la sociedad humana no puede ser considerado en el marco de la necesidad o de la contingencia nada más. Es un proceso histórico-natural complicado y regular, en el que la necesidad y la contingencia se hallan interconexas, entrecruzadas. En sus Manuscritos sobre economía de 1857-1859, Marx, refiriéndose a que la concepción materialista de la historia es opuesta a la idealista, señalaba que «tal concepción aparece como un desarrollo necesario. Más, también el azar es legítimo». [1]

El quid para comprender el determinismo social es la cuestión referida a qué faceta es determinante en la vida de la sociedad, a si tal faceta es la existencia social o la conciencia social. Las concepciones antidialécticas, metafísicas, siempre han exagerado la importancia de los factores accidentales en el proceso histórico, difuminando así el condicionamiento material necesario de las tendencias objetivas. Ello, en realidad, las aproximaba a las interpretaciones de corte francamente idealista, según las cuales el pensamiento cognosciente es capaz de introducir en los fenómenos una relación causal legítima.

Marx y Engels se distanciaron resueltamente de las teorías pseudodeterministas, incluidas las teorías factoriales, del proceso histórico. Tras descubrir las regularidades verdaderas del desarrollo de la sociedad, crearon la concepción dialéctica del determinismo social, la cual descansa en la tesis de que todas las formas de vinculación de las cosas le son inherentes a la propia realidad, todo fenómeno de la cual tiene, en definitiva, una motivación objetiva y una causa material y que el principal factor determinante del movimiento progresivo de la sociedad es «la producción de medios materiales inmediatos para la vida». Aquélla precisamente «y con ella cada fase concreta del desarrollo económico de un pueblo o una época —apuntaba Engels—, forman la base de la que surgen las instituciones públicas, las concepciones legales, el arte e incluso las ideas religiosas de los hombres, y por la que deben ser explicados, y no al contrario, como se ha hecho hasta ahora». [2]

El modo de producción de la vida material condiciona los procesos social, político y cultural de la vida en general. Si cambian las relaciones económicas, modifícanse también tras ellas todos los elementos de la superestructura. Ahí se expresa la necesidad en el desarrollo de la sociedad humana.

Este enfoque, por supuesto, no da pie a para inculpar a los fundadores de la doctrina proletaria de haber caído en un determinismo económico estrecho, cosa que hacían siempre pródigamente sus adversarios ideológicos, lamentándose hipócritamente de que para el marxismo la economía aparece como el único factor importante de la actividad vital del organismo social.

La gran hazaña científica de Marx y Engels, señalaba Lenin, consiste en que «han sido los primeros socialistas que han subrayado la necesidad de analizar no sólo el aspecto económico, sino todos los aspectos de la vida social». [3]

El estado económico de la sociedad es la base, pero sobre el curso de las luchas históricas, señalaba Engels en carta a J. Bloch fechada el 21-22 de septiembre de 1890, «—las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados; las Constituciones que, después de ganada una batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas, filosóficas, ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas— ejercen también su influencia. Existe un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores en el que, a través de toda la muchedumbre infinita de casualidades (es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota o tan difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso a ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad el movimiento económico. De otro modo, aplicar la teoría de una época histórica cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado». [4]

La tesis profundamente dialéctica sobre la concatenación de todos los fenómenos sociales, materiales e ideales, siendo determinante el papel del factor económico, es una conquista científica real de la concepción marxista del determinismo social. Dicha tesis requiere una elaboración progresiva, un ahondamiento al máximo posible, puesto que todavía no se ha aclarado del todo el modo como el sistema de condiciones materiales de la sociedad se «transforma» en un conjunto de actos individuales de las personas, condiciones de las que toman conciencia en calidad de demandas, objetivos y motivos.

La influencia de la esfera intelectual —fenómenos, ideas y teorías de superestructura— en el movimiento de la sociedad es mayor cuanto más exactamente refleja sus necesidades objetivas y es asimilada conscientemente por el pueblo. «La fuerza material —señala Marx— debe ser derrocada por la misma fuerza material; mas, también la teoría se transforma en fuerza material cuando es dominada por las masas.» [5] Ello se hace particularmente evidente en la época en que nace y se configura una nueva formación, la comunista, saturada de creatividad revolucionaria de los trabajadores.

El descubrimiento del papel determinante que el modo de producción juega en el avance de la sociedad humana permitió a los corifeos del comunismo científico explicar el relevo natural de las formaciones económico-sociales, conceptuarlas como sistemas históricos concretos cuyos componentes —fuerzas productivas, relaciones de producción, base, superestructura, relaciones sociales, de clase, familiares, etc.— se hallan ligados mutuamente e interaccionan. Con la particularidad de que cada formación concreta revela un tipo de integridad social bien definido. Así, el concepto de determinismo quedó enriquecido por la idea sobre la integridad del organismo social y en el plano metodológico, por la del enfoque sistémico del análisis de la vida social, que es una faceta fundamental de la dialéctica materialista. «El propio sistema orgánico (es decir, la formación económico-social. —N.P.) —ha escrito Marx—, tiene, como un todo único, sus premisas, y su desarrollo en dirección a su integridad consiste precisamente en someter a su dominio todos los elementos de la sociedad o crear de ésta los órganos que todavía faltan. Así, en el curso del desarrollo histórico el sistema se convierte en integridad. Esa transformación del sistema en integridad es el proceso del desarrollo del mismo.» [6] De ahí que las propiedades de cada sociedad concreta no deriven, según Marx, de las características y particularidades de las personas; al contrario, sus particularidades deben deducirse de la esencia de la sociedad como organismo.

El principio de determinismo, aplicado no sólo a la Naturaleza, sino también a la sociedad, incluye las más diversas conexiones (funcionales, estructurales, de correlación, fortuitas, necesarias, posibles, efectivas) y regularidades (particulares, generales, universales, dinámicas, estadísticas).

La sociedad, que no es más que una esfera de interacción de los hombres, presenta un sistema que incluye distintos grupos sociales con sus demandas, intereses y orientaciones valorativas. La actividad humana se realiza siempre a partir de leyes sociales entre las que las diferencias son muy convencionales, móviles. En las leyes particulares, singulares, tienen reflejo las leyes generales, y éstas llegan a conocerse generalizando los fenómenos concretos, incluidas las leyes particulares. Nótese, además, que mientras las leyes dinámicas reflejan una dependencia rígida de un fenómeno de otro, según el principio «causa-efecto», las leyes estadísticas, probabilísticas, no permiten fijar los nexos de cada objeto en el proceso social que estudiamos, sino algunos rasgos nada más, propios del conjunto de la clase de objetos. Además, todas las leyes sociales, con independencia del tipo que sean, se realizan como una unidad concreta de la necesidad y la contingencia. Los hombres son capaces con su actividad —consciente o inconscientemente— de restringir o ensanchar los límites de la acción de la ley.

El estudio de este problema desde el punto de vista sistémico resulta inconcebible sin una diferenciación consecuente de lo objetivo y lo subjetivo en la determinación social.

La base objetiva de la concepción sistémica del determinismo social son las interconexiones reales y estables de los fenómenos sociales, que es preciso examinar en los distintos niveles de análisis: en el contexto de las condiciones naturales y posibilidades de cubrir las demandas conforme al carácter del medio en que se habita y a los recursos puestos en valor y los no descubiertos aún; desde el ángulo del estado de las fuerzas productivas, la técnica y la tecnología, que reflejan una fase histórica de utilización del medio natural en consonancia con las demandas sociales y a través del prisma de la estructura social, los procesos culturales, etc. Tal interpretación sintética de la actividad vital de la sociedad propicia una mejor intelección de la relación causal interna que independientemente de la conciencia de las personas existe entre sus elementos esenciales, cada uno de los cuales se halla en estrecho condicionamiento mutuo.

Por otro lado, el creciente papel del factor subjetivo a medida que la reestructuración revolucionaria de la sociedad gana en profundidad exige un análisis total de la múltiple dependencia de su contenido, proporciones, ritmo, respecto a las premisas materiales objetivas.

De la concepción dialéctica materialista del determinismo social se infiere que son las personas mismas las que hacen su historia, de conformidad con unas condiciones concretas, entre las que las condiciones económicas son, en definitiva, decisivas. Estas determinan sus demandas e intereses, sus finalidades últimas e inmediatas y objetivos históricos, contribuyen a promover las fuerzas capaces de articular un programa de transformaciones que llaman a la puerta y de ponerlo en marcha. Mas, las demandas también se presentan como motivaciones de los actos humanos. Estando como están mediatizadas por todo un conjunto de intereses conscientes, constituyen un estímulo para la actividad del hombre, para modificar la realidad objetiva.

En la sociedad, la actividad de las personas no tiene otra forma de determinación por causas materiales sino a través de la finalidad. Al marcarse la finalidad, a partir de las demandas que surgen, el hombre crea el mundo, el futuro en forma de ideales. Al decir de Marx, el futuro se halla en el presente «de modo ideal, como una imagen intrínseca, como demanda, como aspiración y como finalidad». [7] Crea los objetos «en su forma todavía subjetiva». [8] Comoquiera que los hombres poseen voluntad, conciencia y propósito, «todo lo que mueve a los hombres tiene que pasar necesariamente por sus cabezas —ha escrito Engels—; pero la forma que adopte dentro de ellas depende en mucho de las circunstancias». [9] En ello se pone de manifiesto el lado subjetivo de la determinación social, el cual adquiere una importancia especial en la fase del socialismo maduro en que se crean posibilidades óptimas para el fomento sistemático de todos los dominios de la vida social y grandes capas del pueblo son incorporadas a una participación consciente en la construcción de la nueva sociedad.

La historia se hace de manera que el producto último resulta siempre de la colisión de multitud de voluntades individuales que pueden considerarse como una contingencia respecto a la necesidad (cada hombre aparece como si fuera una contingencia personificada). Siendo de notar que «cada una de dichas voluntades llega a ser lo que es merced a una infinidad de circunstancias vitales. Así pues, hay una cantidad infinita de fuerzas que se entrecruzan, un grupo infinito de paralelogramos, de fuerzas, y de ese entrecruzamiento sale la resultante: el acontecimiento histórico». [10]

Si dejamos a un lado la inmensa influencia que el hombre ejerce sobre la Naturaleza, en ésta actúan solamente unas sobre otras, fuerzas ciegas, inconscientes, en cuya interacción se revelan las leyes generales, la necesidad de la Naturaleza. Aquí no hay ninguna parte de una finalidad consciente, apetecida. En la historia de la sociedad, en cambio, operan personas dotadas de conciencia que se plantean unos objetivos determinados. Nada se hace en ella sin un propósito consciente, sin un fin apetecido.

Habida cuenta de estas circunstancias, Engels señalaba que el encuentro de un sinnúmero de voluntades individuales y actos separados conduce en la historia a un estado absolutamente análogo al que reina en la Naturaleza inconsciente. Los actos tienen un cierto fin apetecible, pero los resultados que dimanan de los mismos a veces suelen ser indeseables. Y si al principio se corresponden, al parecer, con el objetivo deseado, traen, al fin y a la postre, otras consecuencias.

En carta a W. Borgius, fechada el 25 de enero de 1894, Engels escribe: «Los hombres mismos hacen su historia, pero hasta ahora la han hecho sin guiarse por una voluntad común, por un plan general, e incluso no dentro del marco de una sociedad dada, limitada de cierto modo. Sus voluntades se entrecruzan, y, por tanto, en todas esas sociedades domina la necesidad, de la que la contingencia es un complemento y una forma de revelación de la misma». [11] Los fundadores del marxismo apuntaban que en la historia de la sociedad predomina la necesidad. Mas, también la contingencia incide de manera sustancial en el desarrollo de aquélla.

Según definición de Marx, la historia tendría un carácter muy místico si las contingencias (el carácter de los hombres que se hallan al frente de este o el otro movimiento, sus ambiciones, caprichos, etc.) no jugaran papel alguno. «Como es natural, las casualidades forman parte del curso general del desarrollo, y son compensadas por otras casualidades. Pero la aceleración o lentitud del desarrollo dependen en grado considerable de estas ‘casualidades’.» [12]

Globalmente, la sociedad puede definirse de manera convencional, empleando terminología de la cibernética, como un sistema de adaptación autoorganizado. Este sistema debe ser descrito tanto mediante principios de una rígida determinación, es decir, por leyes dinámicas, como por principios de determinación probabilística, esto es, por leyes estadísticas.

La acción de las leyes dinámicas aparece como una necesidad para cada elemento del sistema, que excluye la contingencia. Las leyes estadísticas expresan la necesidad para todo el sistema a nivel global, determinando la conducta de cada elemento sólo de modo probabilístico. La probabilidad de que tenga lugar un acontecimiento concreto aparece como la medida de su necesidad. Cada acontecimiento separado es fortuito, pero en el conjunto de los acontecimientos se descubre la necesidad.

En la vida de la sociedad son de carácter dinámico las leyes sociológicas generales, de las que trata el materialismo histórico. Figuran entre ellas: la ley del papel determinante que el modo de producción desempeña en el avance de la sociedad, la ley de la prioridad de la existencia social respecto a la conciencia social, la ley del papel determinante que desempeña la base con respecto a la superestructura, la ley de la adecuación de las relaciones de producción al carácter y al nivel de las fuerzas productivas, etc.

Las leyes estadísticas se aplican para la descripción de procesos históricos que poseen una estructura probabilística, que incluyen contingencia. Es de señalar que en las publicaciones científicas se avanzan dos opiniones distintas en principio sobre los procesos estadísticos (estocásticos) de estructura probabilística en la realidad social. P. Máslov sostiene que «en lo referente a los fenómenos sociales no cabe el proceso estocástico» [13], al tiempo que A. Agenbeguián escribe que «el estocástico es un rasgo fundamental de los procesos sociales». [14] Análoga a ésta era la posición de M. Born, quien en su Mi vida y mis ideas dice: «Estoy convencido de que las leyes de la estadística son válidas en la historia justo igual que en el juego de la ruleta o en la física atómica, en la astronomía estelar, en la genética, etc.; en una palabra, en todos los casos que tenemos que habérnoslas con grandes números». Y acto seguido: «Creo que la historia, en el sentido cósmico, se halla sujeta a ... leyes estadísticas.» [15]

En el momento actual la mayoría de los hombres de ciencia defienden este último punto de vista. Según A. Kravets [16], los procesos estadísticos o sistemas con estructura probabilística, poseen tres propiedades específicas: unidad de la irregularidad y de la estabilidad en la clase de acontecimientos que se abordan, unidad de la autonomía y de la dependencia de los mismos y unidad del orden y del desorden, los cuales son conceptos correlativos. La irregularidad hace que se altere la conducta de los distintos objetos del sistema. Al propio tiempo, en estos sistemas observa una estabilidad de los parámetros que permite introducir cierta ley probabilística de su conducta en conjunto. El desorden es en los sistemas probabilísticos efecto directo de la irregularidad, de la conducta autónoma de los objetos que los integran, de sus componentes. La regularidad estadística se corresponde con todos los rasgos principales de la ley científica: exigencia de universalidad, repetición, necesidad, pero no para cada objeto, sino para el conjunto de objetos de un sistema.

En los procesos sociales predominan los acontecimientos y fenómenos casuales masivos. El estadístico belga A. J. Quetelet señalaba que en la vida social las contingencias, comoquiera que se repiten, poseen una necesidad intrínseca. Ahora bien, las regularidades estadísticas empíricas reparadas precisan de una explicación, de una demostración teórica de su necesidad. Pero, según Marx, «jamás había logrado explicar dicha necesidad». [17]

Fue Marx quien inició la revelación del mecanismo de las regularidades estadísticas en el medio social a raíz de su análisis de la producción capitalista. Dicho mecanismo tiene que ver con el hecho de que las regularidades estadísticas no se descubren en cualquier gran número de acontecimientos, sino únicamente en un proceso masivo donde sobre el telón de fondo de multitud de causas fortuitas operan profundos nexos necesarios. Lenin dice: «La ciencia social (como toda ciencia en general) trata de fenómenos generales y no de hechos aislados». [18] Las leyes sociales, que expresan las relaciones entre distintas comunidades sociales de hombres —naciones, clases, grupos demográficos y profesionales—, se realizan precisamente en las actividades de los hombres [19] como leyes-tendencias, cuya vigencia absoluta «se ve contenida, entorpecida y atenuada por causas que la contrarrestan». [20] Tales causas son los actos de personas que poseen distintos rasgos característicos sociales y sociopsicológicos, intereses y demandas distintos y persiguen diferentes fines. Estos actos los podemos considerar, con relación al desarrollo de la sociedad, como magnitudes fortuitas.

Abriéndose paso a través de diversas contingencias, la ley social se hace visible —ha señalado Marx— solamente cuando esas contingencias «se extienden a grandes masas». [21] Dicha ley, que aparece como característica resultante de un conjunto de fenómenos homogéneos, fortuitos a menudo, se hace «realidad» sólo en la aproximación, la tendencia, la media.

El enfocar las magnitudes fortuitas como fenómeno masivo es un principio general en virtud del cual «la acción conjunta de un gran número de causas y condiciones individuales (que contienen elementos de carácter fortuito), bajo unas condiciones muy generales lleva a un resultado que casi no depende del azar». [22]

La sociedad humana, como sistema complicado y en desarrollo que es, consta de multitud de subsistemas sociales interconexos y condicionados, ninguno de los cuales se halla aislado del medio circundante. La modificación de las características de este último desemboca a menudo en una transformación de los procesos en los subsistemas y, viceversa, los cambios producidos en éstos conducen a las correspondientes modificaciones del medio. Como es sabido, el hombre está inmerso en multitud de subsistemas de la sociedad, cada uno de los cuales influye en su conducta, y en su conciencia en una situación dada. Y esa influencia siempre hay que tenerla en cuenta. Ello se refiere enteramente también a las unidades sociales más grandes. Así, la planificación socioeconómica comprende todo un conjunto de subsistemas sociales (empresa, sector, ciudad, región, etc.) que con relación a ella aparecen como elementos del medio circundante.

A los elementos, o componentes, que constituyen la estructura de un sistema social les son inherentes propiedades tanto individuales como de sistema. En su calidad de individuales dichas propiedades son fortuitas, y en su calidad de elementos interactuantes de un todo único, son necesarias.

Los individuos que forman parte, como componentes de un sistema social poseen una serie de propiedades biológicas. Durante su formación asimilan el sistema de valores de su medio convirtiéndose de ese modo en personas. En función de ello, la persona, con sus propiedades biológicas iniciales y las sociales ya adquiridas, en cada momento concreto puede ser conceptuada como algo separado respecto de lo que le rodea (grupo, sector, clase). Al mismo tiempo, en los individuos que componen una sociedad o subsistemas suyos, hay que distinguir propiedades como su condición social, sus criterios, orientaciones valorativas, etc. Como sujeto de las actividades en un medio social, la persona se halla continuamente en conexión con otros individuos, instituciones públicas o sistema de valores de su grupo social. Esta conexión no debe expresarse necesariamente en forma de contacto directo. Las actividades del hombre no son unilaterales, sino que tienen forma de interacción. Esta idea de Marx y Engels la expresan así: «Las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias.» [23] Ello quiere decir que la interacción afecta y hace modificarse tanto a la misma estructura de la persona como a las propiedades del entorno, que son sistémicas. En la psicología social es bien conocido, por ejemplo, el siguiente caso: entre los de su edad, un adolescente puede comportarse de modo muy distinto que si, en la misma situación, estuviese solo.

La interacción entre los componentes y el sistema dista mucho de ser igual en lo que a la fuerza y profundidad de modificación de las propiedades individuales y sistémicas se refiere. En unos casos están más sujetas a cambios las propiedades individuales, las cuales conciernen a los niveles de fondo de las orientaciones sociales y valorativas del individuo; en otros se modifican mayormente las propiedades de todo el sistema, los valores y orientaciones del grupo. Este proceso cobra un carácter particularmente exacerbado cuando se dan estos o los otros contrastes entre los valores de la persona y los del entorno social, lo cual condiciona una disparidad entre las intenciones conscientes de los hombres y su conducta real. A guisa de ejemplo puede señalarse la contradicción entre el género de vida bajo el socialismo, entre las normas y principios de la moral comunista, y los actos antisociales y la indigencia moral de algunas personas: la borrachera, el gamberrismo, la violación de la disciplina laboral y el divorcio entre las palabras y los hechos propio todavía de algunos individuos.

Comoquiera que la sociedad humana se caracteriza no sólo por que posee gran cantidad de componentes sociales interactuantes, lo cual condiciona, además de la masificación de sus procesos, el sinfín de nexos que surgen, de un lado, entre los componentes (con su estructura complicada en extremo) y las propiedades supraindividuales del sistema, y de otro, entre estas partes integrantes del sistema y el entorno, repetimos, la sociedad humana tiene un número relativamente grande de grados de libertad. Por eso son muchos los fenómenos sociales que tienen carácter estadístico, una estructura probabilística, que incluyen contingencia.

En la sociedad, dentro de las condiciones que se fijan al distinguir este o el otro sistema social, la conducta de éste como un todo ya no puede describirse como una suma de conductas independientes de sus componentes, es decir, no es posible describir el comportamiento de los componentes partiendo de unas ideas rigurosamente deterministas en el sentido de Laplace. Son también aplicables los conceptos de dependencia probabilística. Esta última, que expresa un tipo de necesidad fundamentalmente nuevo, excluye un rígido nexo uniforme entre distintos acontecimientos, admitiendo sólo la ligazón entre las probabilidades de su realización.

El concepto marxista del determinismo ayuda a la actividad del Partido y de todo el pueblo destinada a perfeccionar el socialismo maduro.

El socialismo maduro es un sistema social que se desarrolla dinámicamente sobre su base propia y comprende una etapa histórica relativamente larga en la implantación de la formación comunista. Su transformación gradual en comunismo requiere un conocimiento en profundidad de las leyes objetivas del desarrollo y del funcionamiento de la nueva sociedad, así como de las formas en que operan y las condiciones en que se revelan en toda su magnitud. Dicha transformación no es factible sin aclarar todas las interconexiones y vínculos de dependencia recíprocos que hay entre los elementos de la vida económica, social, ideológica y cultural cada vez más complicada del país. Y ello pone en evidencia la necesidad de mejorar los métodos de solución integral, sistémica, de los grandes problemas estatales.

Por supuesto que el Partido ha utilizado siempre en su labor práctica el enfoque sistémico junto con el principio de determinismo. Pero la importancia de tal enfoque en la dirección, gestión y planificación ha crecido en especial en estos momentos en que se dan posibilidades inmensurables mayores que antes para una reestructuración armoniosa de todo el sistema de relaciones que abarca la economía y la política, la base y la superestructura, la existencia y la conciencia sociales y la esfera material y cultural de la vida de la sociedad.

«Todo el arte del gobierno y la política —enseña Lenin— consiste en calcular y saber oportunamente dónde debemos concentrar las principales fuerzas y la atención.» [24] Siguiendo la metodología leninista, el PCUS llama al pueblo soviético a concentrar las principales fuerzas y la atención en el proceso de intensificación de la producción social, en el cometido de elevar la eficacia y la calidad del trabajo y de acelerar el progreso científico-técnico. La transición al desarrollo preferentemente intensivo propicia la realización de grandes objetivos, estrechamente relacionados entre sí, como el de crear la base material y técnica del comunismo y el de perfeccionar las relaciones sociales socialistas, el modo de vida socialista y la formación comunista de los trabajadores, que tiene planteados hoy la URSS. Hay que decir que el enfoque sistémico, consecuentemente determinista, estipula no sólo conjuntar de manera orgánica estos objetivos básicos, sino también todos los que de ellos dimanan, de los cuales se componen los mismos como elementos suyos.

La base material y técnica del comunismo lleva implícito un nivel muy superior, cualitativamente nuevo, de las fuerzas productivas. Supone unos procesos productivos totalmente automatizados con una poderosa cobertura energética, un empleo en gran escala de la química en la economía, una agricultura industrializada, un uso integral y racional de los recursos naturales y de mano de obra y una fusión orgánica de la ciencia con la producción. Su conformación, que constituye el elemento principal en el conjunto de objetivos económicos, sociales y culturales del socialismo maduro, coloca los cimientos para asegurar una abundancia de bienes materiales y culturales, hacer del trabajo un manantial de optimismo, inspiración y creatividad, borrar las diferencias sustanciales entre las clases, entre el trabajo intelectual y físico y entre la ciudad y el campo, incorporar a todos los trabajadores a la participación directa en la gestión de los asuntos estatales y sociales, poner plenamente en práctica el principio de «de cada cual según su capacidad a cada cual, según su trabajo», e implantar una organización de la sociedad que conceda a cada uno un puesto según su vocación. Todo ello significa que hay que perfeccionar el sistema de relaciones sociales socialistas, sin lo que resulta inconcebible el avance gradual hacia el comunismo.

La realización de las tareas relacionadas con la construcción del comunismo depende de la acción mutua precisa de la estructura de la economía, del buen funcionamiento de su mecanismo, de la calidad de la planificación y la gestión y del diseño, de un enfoque integral del fomento socioeconómico. A eso se debe precisamente que en la sociedad socialista desarrollada el Partido oriente a mejorar al máximo posible la calidad de la gestión y la planificación, a alcanzar altos resultados económicos finales y a cubrir de modo más pleno cada vez las crecientes demandas materiales y culturales de la población.

El Partido de Lenin, que analiza a fondo las tendencias sociales, pondera cuidadosamente las condiciones objetivas y revela las necesidades históricas que llaman a la puerta, elabora con pericia en cada etapa de la lucha por el comunismo programas sociales a largo plazo y moviliza a todo el pueblo para su realización. Esta política fundamentada con rigor científico sería imposible si no tuviera como base el concepto marxista del determinismo.




Notas

[1] C. Marx. Manuscritos sobre economía de 1857-1959. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 46. I parte, p. 47.

[2] F. Engels. El sepelio de Carlos Marx. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 19, pp. 350-351.

[3] V. I. Lenin. Quiénes son los «amigos del pueblo» y cómo luchan contra los socialdemócratas. O.C., t. 1, p. 161.

[4] Engels a J. Bloch, 21-22 de septiembre de 1890. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 37, pp. 394-395.

[5] C. Marx. Contribución a la crítica de la filosofía hegeliana del Derecho. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 1, p. 422.

[6] C. Marx. Manuscritos sobre economía de 1857-1959. Crítica de la economía política. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 46, I parte, p. 229.

[7] Ibid., p. 28.

[8] Ibid.

[9] F. Engels. Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 21, p. 308.


[10] Engels a J. Bloch, 21-22 de septiembre de 1890. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 37, p. 395.

[11] Engels a W. Borgius, 25 de enero de 1894. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 29, p. 175.


[12] Marx a L. Kugelmann, 17 de abril de 1871. C. Marx y F. Engels, Obras, t. 33, p. 175.


[13] P. Máslov. La estadística en la sociología. Móscú, 1971, p. 4.

[14] A. Aganbeguián. Algunas particularidades de la aplicación de modelos matemáticos en las investigaciones sociológicas. Moscú, 1968, p. 1.

[15] M. Born. My Life and my Views, p. 69-70.

[16] A. Kravets. Naturaleza de la probabilidad, pp. 56, 57.

[17] Véase Marx a L. Kugelmann, 3 de marzo de 1869. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 32, p. 496.


[18] V. I. Lenin. La bancarrota de la II Internacional. O. C., t. 26, p. 250.

[19] Véase F. Engels. Anti-Dühring. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 20, p. 293.

[20] C. Marx. El Capital. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 25, I parte, p. 257.

[21] C. Marx. El Capital. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 25, II parte, p. 396.

[22] V. Nemchínov. La estadística como ciencia. Voprosi ekonómiki, 1952, p. 105.


[23] C. Marx y F. Engels. La ideología alemana. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 3, p. 37.

[24] V. I. Lenin. Discurso en la reunión de presidentes de comités ejecutivos de provincias y de distritos rurales, 1 de febrero de 1920. O. C., t. 40, p. 85.



Fuente: Pilipenko, N. V., Dialéctica de lo contingente y de lo necesario, Editorial Progreso, Moscú, 1986, pp. 222-236.



Digitalizado por M. I. Anufrikov para Partiynost

sábado, 28 de julio de 2018

El reformismo socialdemócrata y el laborismo inglés (III) — Manuel Agustín Aguirre

Manuel Agustín Aguirre
(1903-1992)

Parte I
Parte II
Parte IV 


B

El control de Estado monopolista y la planificación


Así como los viejos revisionistas y reformistas de la época de Bernstein y Co., querían mixturar a Marx con Bohm Bawerk, tratando de inyectar en la teoría del valor trabajo la de la utilidad marginal, terminando por quedarse con ésta, los nuevos tratan de completar a Marx con Keynes y se quedan definitivamente con éste, como en el caso del laborista John Strachey, por ejemplo. Igualmente, mientras aquellos soñaban con los supermonopolios y su “capitalismo organizado”, transformación gradual y pacífica del capitalismo en socialismo, estos ponen toda su esperanza en el capitalismo monopolista de Estado, el Estado democrático burgués, que se constituye en el motor principal de aquella transformación. No son los cambios de la estructura económica los que han de determinarla sino la acción de la superestructura política, del Estado benefactor.

En realidad, toda llamada planificación económica laborista, no pasa, en el mejor de los casos, de las medidas keynesianas que ya conocemos: manipulación de la tasa de interés, presupuestos deficitarios durante el clima helado de la depresión, con el fin de inyectar sangre en el torrente monetario, o presupuestos de superávit para hacer lo contrario en los momentos de auge; mayores o menores inversiones en las industrias y empresas del Estado, en obras públicas y servicios sociales y asistenciales; así como ciertos intentos de redistribución de la renta nacional, mediante los impuestos fiscales. En definitiva, se trata de controles y manipulaciones en los campos de la moneda y la tributación, cuando no se quedan en los simples controles del tiempo de guerra:
“De todos modos, el Gobierno laborista hizo muy poca planificación en el sentido estricto de la palabra, por ejemplo, el poner las prioridades sociales en forma de plan a largo plazo. Ciertamente se transfirieron a propiedad pública varias industrias básicas y servicios, lo cual les permitió el controlar las inversiones en el recién creado sector público. Pero en lo que concierne a la planificación de conjunto, todo lo que hizo el gobierno de Attlee fue mantener el engorroso sistema de controles de tiempos de la guerra y aplicarlo, no sin éxito, a aumentar las exportaciones, a evitar un colapso en la agricultura, a estimular las inversiones privadas y a mantener el pleno empleo”. [1]
Desgraciadamente, para quienes creen que se puede planificar la economía, manteniendo la propiedad privada de los medios de producción y las fundamentales decisiones económicas en manos de los particulares, como lo deseaba Keynes, los resultados se han demostrado contradictorios y negativos. Así las medidas expansionistas (política de crédito barato, inversiones del Estado en industrias, obras públicas y servicios sociales, el estímulo al consumo por medio de la compra de material bélico, productos agrícolas y otras mercancías, etc.), desarrollan como contraparte una correspondiente inflación como la sufrida por los países europeos durante los últimos años, que promueve el alza inmoderada de los precios y los consiguientes problemas sociales, que obligan a tomar medidas deflacionarias para estabilizar la moneda y los precios. De manera que si, por una parte, se estimula la actividad económica, por otra, se la detiene, en un tira y afloja que resulta absurdo y desesperante. Y es que si en el mejor de los casos los gobiernos pueden imponer su voluntad en el sector público bajo su control, no disponen de las conductas para hacerlo en el sector privado, que es el mayoritario y determinante.

De ahí el rotundo fracaso de creer en una economía mixta, basada en una propiedad pública limitada y la propiedad privada general de los medios de producción; en la iniciativa privada y el interés social coexistentes y unidos; en el lucro privado y el mercado, codeándose con lo que se denomina rentabilidad social, en un compromiso permanente entre intereses contendientes que no sirve a dios ni al diablo y que se expresan en una política de alianzas, colaboraciones, transacciones y oportunismo de la peor especie:
“Cuando las organizaciones de producción, comerciales o financieras, que están en manos privadas, dice el economista John Eaton, reciben instrucciones sobre lo que tienen que producir y los precios que deben fijar, inmediatamente se enfrentan a un terrible conflicto. Fuertes incentivos económicos funcionan para hacerles evadir la letra (ya no digamos el espíritu) de las instrucciones que reciben. Se espera que ‘sirvan a dios y al diablo’: por una parte se encuentran las instrucciones que reciben de las autoridades que controlan, por la otra, la obtención de un máximo de utilidades. Inevitablemente, el verdadero objetivo es la obtención de utilidades, ya que es allí donde se originan las fuerzas y la posición en la jerarquía económica. Si se intenta dirigir la economía sin emplear controles, entonces el medio para poner en movimiento los recursos en uso sólo puede ser el incentivo de mayores utilidades. Tantos los efectos inflacionarios que esto produzca como la división de beneficios en el producto social tenderán a aumentar, agudizándose nuevamente la contradicción con la que tropieza el capitalismo una y otra vez, es decir la redistribución del poder consumidor de las masas con la expansión de la capacidad productiva. La elevación de utilidades durante un breve período significa casi invariablemente la elevación de la tasa de beneficios”. [2]
Y es que la tremenda contradicción entre la producción devenida social y la apropiación individual, que se halla en la base del sistema, no puede ser escamoteada ni anulada por los controles y manipulaciones del Estado capitalista.

La crisis, la desocupación, la miseria y la guerra

Sin embargo, los socialdemócratas consideran que el capitalismo monopolista de Estado, ha suprimido las contradicciones internas del sistema, modificando las leyes que lo rigen y creando uno nuevo que ellos se imaginan pintar de socialismo.

Al tratarse de la acumulación, por ejemplo, Marx nos enseña que el incentivo obsesivo de lucro y la creciente desigualdad de los ingresos provenientes de la propiedad, por una parte, y del trabajo, por otra, permiten una necesaria acumulación, concentración y centralización del capital, que conduce a una superproducción en relación con las posibilidades del consumo, de manera que en un momento determinado los productos no encuentran salida, lo que conduce a las crisis.

Los socialdemócratas, entre ellos Strachey, consideran que ya no es el incentivo de lucro el que preside la acumulación, porque al haber llegado a ser cosas distintas las propiedad de la empresa y su administración, como lo sostiene la teoría neocapitalista de la “revolución de los administradores”, estos ya no se rigen únicamente por las ganancias sino por otros objetivos de carácter social y entre ellos el constante terror a la crisis, en las que les va la cabeza a los propios capitalistas. Por otra parte, la creciente redistribución de los ingresos, al ir suprimiendo la desigualdad de los mismos, impide no solo la superacumulación sino inclusive la acumulación capitalista, como llega a temerlo Shumpeter.

La verdad es que mientras subsista el capitalismo y la economía de mercado en cualquier forma que se presente y más aún en el caso del capitalismo monopolista de Estado, no sólo el lucro sino el máximo lucro continúa siendo el motor indiscutido de la acumulación; y que el dominio de los monopolios en el control de los precios, no solo no disminuye sino que agigante la desigualdad de los ingresos tanto entre las clases sociales como entre las naciones desarrolladas y subdesarrolladas y con ello no solo la posibilidad sino la realidad de la crisis y la desocupación como ha acontecido en la misma Inglaterra, a pesar de las veleidades socialistas-fabianistas.

Todo esto conduce a la desocupación que se va volviendo cada vez más crónica con el desarrollo técnico y la automatización que, dentro del sistema capitalista no puede conducir sino al desempleo, por más que se trate de acudir a las medidas de los prestidigitadores keynesianos.

El mismo Strachey, manipulando ciertos conceptos teóricos y conocidas estadísticas, llega a la conclusión, al igual que numerosos economistas y sociólogos burgueses, de que han fallado las predicciones de Marx respecto a la depauperación de la clase trabajadora, la misma que ha sido superada por la acción todopoderosa del Estado democrático. En primer lugar, parece fuera duda que Marx no sostuvo la tesis de la depauperización absoluta del proletariado, sino en los casos de crisis; y sólo se refirió a este fenómeno con sentido permanente, al tratarse de los que ahora se ha dado en llamar los marginados de la sociedad, el lumpen proletariado, con lo que la crítica de Strachey queda descartada, tanto más que para ello atribuye a Marx la ley de bronce de los salarios, que éste combatiera en las personas de Malthus y Lasalle. Al referirse a la depauperación relativa, el teórico inglés manipula algunas conocidas estadísticas (Colin Clark, Jay, Seers) que incluyen entre los salarios, los ingresos del ejército y altas rentas burocráticas, lo que significa partir de una base errónea para el cálculo, que en realidad demuestra lo contrario, la depauperación de las masas laborantes. El mismo Strachey se halla obligado a confesar que en el capitalismo existe una tendencia innata a la depauperización relativa o sea a la disminución de la parte del trabajo en la renta nacional. Como en todo país capitalista o neocapitalista, podemos afirmar que en Inglaterra como en Estados Unidos y otros países desarrollado, existe la miseria, que es patrimonio del sistema:
“En 1939, dice Josué de Castro, fue dado a publicidad uno de los más trágicos y objetivos documentos de nuestro tiempo, en el que se exponía la extensión de los efectos patogénicos del hambre en sus variadas formas. Fue el llamado ‘Testamento Médico’, firmado 600 médicos de un condado británico —country of Chershire— en el que se declaraba que hasta en Inglaterra, país considerado como uno de los más desarrollados del mundo, su misión como defensores de la salud pública había sido prácticamente anulada en el campo de la prevención de las enfermedades a causa del estado de deficiencia alimentaria en que vivía la mayoría de los pobladores. Y concluía así: ‘las enfermedades son principalmente, el resultado de una alimentación errónea a lo largo de la vida’”. [3]
En realidad, esforzarse en el análisis de dudosas estadísticas, forjadas por los economistas burgueses y discutir acerca de pequeños islotes de privilegio, enclavados en el oceáno de la miseria universal, mientras las mismas instituciones internacionales y oficiales como la FAO, que ya no pueden seguir cerrando los ojos ante el peligro que amenaza, claman por la organización de campañas contra el hambre, sólo es propio de los dirigentes laboristas siempre en plan de llegar a Barones o Lores.

Y este mismo teórico laborista que ya ha llegado a Lord Inglés, Strachey, ha escrito, por otra parte, todo un volumen para refutar la tesis que atribuye el posible mejoramiento de la situación de ciertas capas de los obreros británicos, a los que se suministra migajas del festín imperial, a la miseria creciente de los trabajadores de la India y otros continentes; para lo cual llega a repetir viejos y desprestigiados argumentos imperialistas como los de que Inglaterra ha beneficiado a sus colonias, cumpliendo con ello un deber civilizador. [4] En respuesta, el mismo Josué de Castro, en su referido libro nos hace saber que:
“En un documento preparado por un grupo de estadistas y estudiantes británicos del ‘Movimiento de Guerra a la Miseria’ titulado ‘Es hora de despertar’, los autores invitan a todos los líderes políticos de los países desarrollados a tomar conocimiento de lo que sucede en el mundo con el despertar de los pueblos coloniales, para que actúen con energía a fin de superar las graves amenazas de la hora presente. Esta acción política debe basarse en actitudes sinceras que puedan reanudar las comunicaciones casi interrumpidas entre los pueblos. De ahí la necesidad impostergable de decir algunas cosas duras e inconvenientes para romper el círculo cerrado de nuestra contradicción social. Esto sólo puede sustentarse y sobrevivir amparada por el silencio cómplice y por el falso respeto de los grupos dominantes e interesados, que crean una errónea opinión pública sobre la base de engañosos slogans. Son cosas de este género las que resolvemos decir al mundo por medio de este documento. Cosas inconvenientes, ciertas, pero indeseables y que, no obstante, deben ser dichas en alta voz. Tengamos el coraje de decir, como el abate Pierre, eterno, disconforme con la miseria del mundo aquello que ‘no debía ser dicho’ y que ‘no agradará a los corazones de piedra, a los estómagos llenos, a las conciencias tranquilas, pero que ciertamente agradará a todos aquellos que tienen hambre de justicia y amor’.” [5]
Por otra parte, el mismo Strachey nos cuenta, además, que durante el gobierno laborista de que formara parte, los capitalismo monopolistas recibieron con enorme satisfacción la resolución estatal del desarrollo armamentista, por más que, según expresa, no era necesario para el mantenimiento del expansionismo económico. Esta afirmación confirma lo que venimos expresando o sea que el complejo bélico se halla en la esencia misma del capitalismo; pues mientras se habla del control de las armas nucleares, se las sigue aumentando como la única forma de obtener la seguridad en la lucha a muerte entre los mismos monopolios empeñados en el control no sólo de sus pueblos sino de los que habitan en los países subdesarrollados, a los que explotan y controlan.

Después de este somero análisis, queda al descubierto que el llamado “socialismo democrático” no es actualmente sino una forma de neocapitalismo monopolista de Estado y que los teóricos laboristas no hacen sino repetir puntualmente los manidos argumentos de sus colegas burgueses del imperio norteamericano, que no sólo ha extendido a la Europa Occidental sus redes económicas sino también ideológicas; que la tal “economía mixta”, como dijera John Eaton, resume lo peor de ambos mundos:
“Los conflictos con los intereses capitalistas no se evitan a menos que se abandone la idea de controlar al capitalismo en bien de los intereses populares; y no se obtienen las ventajas de la planificación y del empleo de recursos de propiedad pública para satisfacer directamente las necesidades sociales. Una ‘economía mixta’ como objetivo de una política socialista sólo tiene sentido como una forma transitoria que, lejos de ser una excusa para abandonar los propósitos del socialismo, debería ser considerado como una fase que el movimiento obrero debería eliminar tan pronto como las circunstancias lo permitieran, buscando la manera de extender el sector nacionalizado lo más rápidamente posible e imponiendo medidas de control tendientes a la conclusión lógica de una economía planificada basada en la propiedad pública de todas las empresas en gran escala”. [6]
Es claro, según lo expresa el mismo autor, que en una economía socialista como la de la URSS, por ejemplo, podrían existir ciertos residuos capitalistas; pero en este caso, por muchas razones, tampoco puede hablarse de economía mixta como se hace a veces o de capitalismo de Estado, ya que no existe la propiedad privada de los medios de producción y la economía se halla centralmente planificada por el Estado socialista.



Notas

[1] Id., Pág. 21.

[2] El Socialismo en la Era Nuclear, Ed. ERA, págs. 46-47.

[3] El libro negro del hombre, Ed. Universitario de Buenos Aires, pág. 19.

[4] Véase “El Fin del Imperio”, Ed. Fondo de Cultura Económica.

[5] El libro negro del hombre, pág. 55.

[6] El Socialismo en la Era Nuclear, Ed. Era, pág. 72.



Fuente: Manuel Agustín Aguirre, “Dos Sistemas Dos Mundos”, Editorial Universitaria, Quito, 1972.



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