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martes, 17 de julio de 2018

La responsabilidad internacional y nacional de la vanguardia


La fisonomía de los partidos marxistas-leninistas, como partidos de nuevo tipo, viene determinada en muchos aspectos por su profundo internacionalismo. El internacionalismo proletario refleja los procesos efectivos que se producen en la vida en el sentido del reforzamiento de la interconexión de la economía de distintos países, la interdependencia de los pueblos y sobre todo la lucha de los destacamentos nacionales de los trabajadores. El internacionalismo —el principal contenido de la ideología de la clase revolucionaria— se erige en arma cada vez más afilada de la lucha de clases.

Desde hace mucho tiempo el capital es una fuerza internacional, los procesos de integración capitalista incrementan la dominación de los grandes monopolios supranacionales en los países capitalistas. En estas condiciones, toda indeterminación respecto del internacionalismo o menosprecio de la significación que tienen las acciones conjuntas de los trabajadores de todos los países favorecen ineludiblemente el capital internacional.

Los monopolios internacionales, que estiman que su “patria” es cualquier rincón del globo terrestre en el que pueden sacar las mayores ganancias, fomentan el nacionalismo pese a todo. Lo necesita la burguesía para utilizar sus propios Estados en la competencia con otros monopolios multinacionales y, más que nada, para dividir a los trabajadores de distinta nacionalidad, para caldear el chovinismo y odio racial.

Al objeto de disimular la crisis del neocolonialismo y presentar como causa de sus dificultades la justa aspiración de los países emancipados a la igualdad en las relaciones económicas con las antiguas potencias coloniales, la burguesía hace lo que puede para agudizar la atmósfera de intolerancia respecto de los pueblos “de color”. Las fuerzas de la reacción se valen especialmente del nacionalismo para excitar la desconfianza y los prejuicios respecto de los países socialistas y socavar por dentro la unidad del movimiento internacional.

Los estrategas burgueses de la lucha contra el comunismo estiman incluso, como lo afirmaba la revista de la United States Information Agency, que “el nacionalismo es una fuerza más poderosa en el mundo moderno que la ideología” [1]. Ahora bien, el nacionalismo, bajo la forma que se presente, es una expresión de la ideología burguesa, lo mismo que el internacionalismo es la ideología de la clase obrera. Y el nacionalismo, que se inculca durante siglos en la conciencia de los pueblos, que afecta a los sentimientos naturales del amor del hombre a su tierra, a su idioma, a las tradiciones y costumbres de su pueblo, ha valido más de una vez a la burguesía de medio para lograr objetivos agresivos anexionistas y mantener su dominación de clase. Los éxitos de la lucha del internacionalismo contra la ideología y la práctica nacionalistas repercutirán más y más en el desarrollo del movimiento obrero y de liberación nacional. La reacción internacional multiplicará los intentos para dividir los principales torrentes revolucionarios de nuestra época y debilitarlos por dentro con empleo de todos los medios, más que nada con ayuda del nacionalismo. Tanto mayor es la significación del internacionalismo consecuente de los partidos marxistas-leninistas, llamados a marchar en la vanguardia de la lucha antiimperialista, la significación de la unidad de su responsabilidad nacional e internacional.

INTERNACIONALISMO CONTRA NACIONALISMO Y COSMOPOLITISMO

El nacionalismo burgués, al penetrar en el movimiento obrero, conlleva el peligro de deformación de los partidos obreros, de que pierdan todo espíritu revolucionario. Recordemos los trágicos años de la primera guerra mundial, cuando las masas trabajadoras de los distintos países, engañadas por las consignas “patrióticas”, emponzoñadas con el chovinismo, fueron lanzadas a la sangrienta matanza en aras de los intereses de “su” burguesía. Muchos líderes socialdemócratas, que poco antes de eso juraban su fidelidad al internacionalismo proletario, resultaron ser los más corrientes chovinistas que encubrían con frases socialistas su bochornosa traición. Sólo el partido leninista de Rusia y pequeños grupos internacionalistas de otros países mantenían en alto la bandera de la solidaridad proletaria, salvando el honor del movimiento obrero internacional y luchando activamente contra el socialchovinismo. Su internacionalismo sin compromiso confirmaba las palabras de Lenin, que había subrayado ya en ¿Qué hacer? que el movimiento socialdemócrata auténticamente revolucionario era “por su propia naturaleza, internacional” [2].

La Internacional Comunista surgió como agrupación de auténticos internacionalistas. En la plataforma de la Internacional Comunista adoptada en su I Congreso, se decía que la supeditación de los intereses nacionales a las tareas internacionales brindaría la posibilidad de “ayuda mutua por parte del proletariado de los distintos países, y sin el apoyo mutuo económico y de otra índole el proletariado no está en condiciones de construir la nueva sociedad”. La Internacional Comunista declaró que, en oposición a la Internacional socialpatriótica, “prestaría su apoyo a los pueblos explotados de las colonias en su lucha contra el imperialismo, a fin de contribuir al hundimiento definitivo del sistema del imperialismo mundial” [3].

A lo largo de toda la historia del movimiento comunista contemporáneo, tanto en el período de la Internacional Comunista como después del paso a nuevas formas de unidad internacional de los partidos comunistas, las verdaderas vanguardias marxistas-leninistas han sido siempre fieles al internacionalismo proletario, viendo en él la condición necesaria para los éxitos en la lucha tanto a escala nacional como a escala de todo el movimiento mundial.

Las ideas del internacionalismo proletario calaron hondo en la carne y la sangre del movimiento comunista internacional. Pero eso no quiere decir que así ha desaparecido el terreno para la penetración en sus filas del veneno del nacionalismo. Por cuanto la arena inmediata de actividad de cada partido es su propio país, puede surgir el terreno para una interpretación no dialéctica de la correlación entre las tareas nacionales y los objetivos internacionales.

En los países que tienen que resolver problemas de liberación nacional ha crecido rápidamente la conciencia nacional. Pero este proceso positivo puede crear también condiciones para la aparición de nacionalismo. El predominio o la gran proporción de la pequeña burguesía en la población caldea también el terreno para las concepciones nacionalistas. Además, no puede por menos de hacerse sentir de una manera u otra la constante presión de la ideología burguesa, que fomenta maliciosamente los prejuicios nacionales y denigra toda idea progresista calificándola de inadecuada a las condiciones específicas del país y el espíritu nacional del pueblo.

La doctrina marxista-leninista tiene un carácter universal, porque revela las leyes objetivas de significación mundial, y no local. La revista Party Life ridiculiza a los que tuviesen la ocurrencia de considerar que la ley de la gravitación universal es una ley inglesa, puesto que la descubrió el inglés Isaac Newton, y acusar a los sabios que se guían por esa ley de que se respaldan en una ley extranjera. “El Partido Comunista de la India rechaza el argumento de que el marxismo-leninismo es una corriente extranjera para la India. El marxismo-leninismo no es corriente extranjera para ningún país, para ningún pueblo.” [4] El Partido Comunista de la India parte de la teoría marxista-leninista, nacida de la síntesis científica de los fenómenos que se producen en la sociedad, la naturaleza y el pensamiento social, aplica esa teoría a las condiciones de la India, es decir, procede como “cualquier sabio que trata con leyes objetivas y descubrimientos básicos en su rama específica de la ciencia” [5].

Desde luego, no todos los que participan en el movimiento obrero y no quieren denunciarse como francamente nacionalistas repetirán el simple conjunto de procedimientos que les ofrece la ideología burguesa. En la época presente, cuando las ideas del internacionalismo adquieren una difusión cada vez mayor, las concepciones nacionalistas no suelen exponerse abiertamente, sino en forma disimulada. Por analogía con el hecho señalado por Lenin acerca de que los oportunistas están dispuestos a expresar sus criterios antimarxistas en términos del marxismo, se puede decir que los puntos de vista nacionalistas que penetran en el movimiento comunista van acompañados con frecuencia de juramentos de fidelidad al internacionalismo. Lenin subrayaba en la primavera de 1914 que era importante “rechazar todo nacionalismo, tanto el brutal, violento, reaccionario, como el más sutil, que pregona la igualdad de derechos de las naciones junto . . . con la división de la causa obrera, de las organizaciones obreras, del movimiento obrero por nacionalidades” [6].

Durante los decenios transcurridos desde entonces ha cambiado también el nacionalismo burdo y violento, pero se ha vuelto particularmente refinado el nacionalismo que no se presenta con la visera levantada, sino que se atavía con ropaje internacionalista. Tanto más difícil resulta conocer su verdadera esencia, tanto más difícil resulta la lucha contra él.

El maoísmo está penetrado de nacionalismo disimulado y abierto. “. . . El nacionalismo extremo y el chinocentrismo son la característica principal de las concepciones de Mao Tse-tung, lo mismo que la ideología y la política del maoísmo a lo largo de toda su existencia.[7] Los maoístas aíslan deliberadamente el pueblo chino del resto del mundo, separan con la “muralla china” a la clase obrera de China del movimiento obrero mundial, aplastan las minorías nacionales dentro del país y presentan pretensiones territoriales a otros países. Todo eso no es otra cosa que la continuación del chovinismo de gran potencia. “El reto más peligroso y fuerte del nacionalismo burgués al movimiento comunista internacional en la presente época —escribía N. K. Krishnan, figura dirigente del Partido Comunista de la India—, proviene del maoísmo.” [8]

Es sabido que Lenin, a la vez que consideraba que todo nacionalismo es burgués y ajeno a la ideología proletaria, llamaba a que se apoyara el contenido democrático general que puede adquirir el nacionalismo burgués de una nación oprimida en lucha contra sus opresores. Los maoístas tergiversaron esta tesis de Lenin. Inventaron dos nacionalismos: uno “progresista” y uno “reaccionario”. Consideran que es progresista el de los países en desarrollo. Precisamente en esa categoría de países comenzaron los maoístas a incluir a China. Reducen el concepto “país en desarrollo” tan sólo al nivel de la economía, mientras que, además del económico, posee un contenido sociopolítico. Al proclamar que la RPCh es un país “en desarrollo”, los maoístas proclaman “progresista” su nacionalismo. Se sabe que, en los países oprimidos, el nacionalismo es la base de la unidad en la lucha por la independencia. Y aquí tiene sentido progresista. Es una fuerza antiimperialista. Pero, una vez conquistada la libertad, cambia el papel del nacionalismo. Gus Hall escribe con tal motivo que los elementos reaccionarios se valen del nacionalismo para movilizar las masas con objeto de aplicar una política capitalista y neocolonialista. Y los elementos progresistas recurren a él para llamar a las masas a que apliquen una política de continuación de la lucha por la liberación nacional hasta lograr la independencia definitiva y el avance hacia el socialismo. Los intentos de inventar dos tipos de nacionalismo se hacen para sustituir el internacionalismo proletario con el “nacionalismo progresista”. “La invención de los “dos tipos de nacionalismo” abre la puerta para suplantar el internacionalismo proletario con el “nacionalismo progresista” y sirve para encubrir la penetración del nacionalismo burgués en la ideología de los partidos comunistas. El marxismo defiende el punto de vista de que la ideología del internacionalismo proletario debe ser la dominante y sustituir todas las demás concepciones y que no cabe inventar “excusas” para el nacionalismo burgués.” [9]

Pero los maoístas están en contra del internacionalismo proletario, y su llamado “nacionalismo progresista” no es otra cosa que un medio de dejarse las manos libres en la lucha por la hegemonía y las pretensiones nacionalistas a escala mundial.

La finalidad de las tendencias nacionalistas que penetran en el movimiento comunista, bajo cualquier forma, es, en última instancia, enfrentar los intereses nacionales con los internacionalistas, apartarse de la lucha común y eludir las acciones conjuntas con los partidos comunistas de otros países. Ahora bien, los líderes comunistas que se niegan a sostener la lucha internacionalista y que se orientan sólo hacia los problemas interiores volviéndole la espalda al movimiento comunista internacional debilitan a sus propios partidos, ya que los privan de la posibilidad de ser una fuerza de peso en la lucha contra el nacionalismo burgués.

El nacionalismo suele manifestarse en la excesiva exageración de las peculiaridades nacionales del país propio, en un ensalzamiento del gran pasado del pueblo propio, de su especial origen, lo que contrapone inevitablemente una nación a otras, destaca el principio nacional y merma el papel del principio clasista, partidario. Por ejemplo, se considera que la nación es poco menos que el único factor del progreso contemporáneo o “fuerza motriz en la fase presente de la civilización y en el futuro previsible”. El nacionalismo se manifiesta en la actitud no crítica ante las tradiciones, cuando a la par con las revolucionarias y democráticas se exaltan las tradiciones implantadas por las clases explotadoras. O se olvida que la tradición de por sí significa poco, que lo que tiene importancia es la finalidad que se plantea.

El marxismo-leninismo no contrapone lo nacional a lo internacional, sino que lo examina en su unidad, considerando que no se puede ser internacionalista consecuente si se hace caso omiso de las necesidades nacionales del pueblo propio y de las condiciones específicas en que uno tiene que librar la lucha. Al propio tiempo, los marxistas están convencidos de que no se puede ser patriota consecuente si se vuelve la espalda al resto del mundo, sin tener en cuenta las leyes generales del desarrollo social, sin interesarse por los grandes problemas globales de cuya solución depende la de ios nacionales.

Los comunistas luchan activamente tanto contra el nacionalismo como contra el nihilismo nacional, que también causa daño a la lucha de liberación.

El nihilismo nacional, propio de la seudoizquierda, se advierte con especial diafanidad en los trotskistas. J. Posadas, al hablar de sí mismo y de sus correligionarios, dice: “Nosotros somos marxistas, de nacionalidad marxista.” [10] Este desdén ostensivo por la nacionalidad de uno no es un error fortuito de expresión, sino que se desprende de la tesis de Trotski: “La inquebrantable seguridad de que la meta fundamental de clase... no se puede hacer realidad con los medios nacionales o dentro del marco de las fronteras nacionales es la esencia del internacionalismo revolucionario”. Partiendo de eso, como asevera el mismo Posadas, “no hay necesidad de tener en cuenta los intereses regionales” [11]. De ahí la conclusión inapelable de los trotskistas españoles, que declararon a mediados de los anos 6o:“Y se dirá: toda lucha dentro de las fronteras nacionales es reaccionaria”.

Lo mismo que en el pasado, los trotskistas, al amparo de frases sobre el “socialismo mundial” (algunos adeptos a la “IV Internacional” denominaron sus grupos “socialistas-internacionales” y publican una revista que se llama Socialismo internacional) desprecian la lucha cotidiana por las necesidades perentorias de los trabajadores, por las libertades políticas. En Francia, durante la segunda guerra mundial, muchos trotskistas se negaban a participar en la Resistencia, explicando que la lucha por la independencia nacional es inútil. Los trotskistas de la Francia de nuestros días proclaman: “Los proletarios no tienen patria, y su finalidad no es crearla, sino formar en el planeta una red de consejos obreros”. Partiendo de ello se niega la necesidad de partidos en ciertos países. Los trotskistas estiman que los intereses de la revolución mundial exigen que se forme un partido mundial. A su juicio, “la victoria de la revolución socialista a escala mundial —y la revolución sólo puede ser victoriosa si es mundial— es imposible sin la existencia de un Estado Mayor de la misma, de un partido mundial de la revolución proletaria”. Los irresponsables grupitos trotskistas, incapaces de unirse siquiera en un ámbito nacional, hacen vanos proyectos de “partido mundial único”.

Hagan los proyectos que quieran, pero, en la práctica, el cosmopolitismo trotskista, pese a sus temibles palabras contra la burguesía mundial, coincide, en realidad, con la ideología cosmopolita del capital monopolista internacional, que predica la indiferencia de los pueblos respecto de los destinos y los problemas sociales de su patria en aras de la creación del “Estado mundial”, del “Gobierno mundial”, de la “ciudadanía mundial” en beneficio de los gigantescos monopolios multinacionales.

Los predicadores seudorrevolucionarios del nihilismo nacional se atreven a hacer alusión al Manifiesto del Partido Comunista, silenciando, como es lógico, su auténtico contenido. Lenin escribía en 1908: “Es cierto que en el Manifiesto Comunista se dice que los “proletarios no tienen patria”. . . Mas de esto no se desprende que sea justa la afirmación. . . de que al proletariado le es indiferente en qué patria vive: en la Alemania monárquica, en la Francia republicana o en la Turquía despótica. La patria, es decir, el medio político, cultural y social dado, es el factor más poderoso en la lucha de clase del proletariado. . . El proletariado no puede permanecer indiferente e insensible ante las condiciones políticas, sociales y culturales de su lucha; por tanto, tampoco pueden serle indiferentes los destinos de su país” [12].

A los auténticos revolucionarios les es ajena la demanda anarquista y cosmopolita de “abolición de la patria”. Procuran que en el lugar de los Estados burgueses con su injusticia social y nacional se creen patrias socialistas. Hoy el socialismo es la más consecuente expresión del patriotismo. Y precisamente por eso la burguesía, que siente cada vez más la impotencia de sus argumentos contra el socialismo, trata de presentar como antipatriotas a los luchadores por el socialismo.

Cuanto más se vuelve cosmopolita la burguesía, cuanto mayor es el desenfado con que comercia en intereses nacionales, mas insolente es la manera con que presenta las fuerzas opuestas como antipatrióticas. La dictadura fascista de Chile, implantada a raíz de un golpe militar fraguado por los imperialistas, se ha puesto enteramente al servicio de los monopolios norteamericanos. Y esta dictadura antinacional se atreve a acusar de ausencia de patriotismo a los verdaderos patriotas que extermina. Idéntico escarnio practica la dictadura militar de Uruguay. En el Manifiesto de febrero de 1974, publicado por el Partido Comunista de Uruguay, sumido en la ilegalidad, se dice: “Nosotros, los comunistas, somos verdaderos patriotas. Lo somos porque representamos la fuerza política de la clase obrera, el núcleo indestructible del pueblo uruguayo. Y la patria es para nosotros, ante todo, el pueblo sencillo, que ha creado y sigue construyendo nuestro país. Lo somos porque queremos a nuestra tierra, a sus tradiciones de libertad y democracia, respetamos la justicia social y la herencia material y cultural del pueblo”.

Somos patriotas, además, porque, se dice en el Manifiesto, aspiramos a la total independencia de nuestra patria del yugo imperialista extranjero, porque somos antiimperialistas consecuentes hasta el fin. Los comunistas son internacionalistas precisamente porque son antiimperialistas consecuentes, y el imperialismo es una fuerza mundial. En las condiciones presentes se ve cada vez más claro que uno no puede ser auténtico patriota si se deslinda de la lucha revolucionaria que se libra en otros países.

Los acrecidos procesos integracionistas, con ayuda de los cuales los capitalistas quieren salir de la crisis y prolongar su existencia suscitan la necesidad de mayor unidad de los trabajadores de los distintos países en la lucha contra el capital. La Conferencia de los Partidos Comunistas y Obreros de los Países Capitalistas de Europa, celebrada en Bruselas en 1974, hizo constar que las compañías multinacionales, en las que el 75% del poder pertenece a los grupos financieros norteamericanos, ejercen una presión creciente en la vida económica de los países. Los gobiernos protegen la actividad de estas gigantescas firmas pulpos que atentan a la independencia económica e incluso política de los Estados. Los monopolios multinacionales procuran pasar por alto los derechos sindicales y las conquistas sociales de los trabajadores, empeoran las condiciones de vida de éstos, respaldan a las corrientes más reaccionarias, incluidas las fascistas. Al trasladar su capital en busca de ganancia máxima, estos monopolios privan de trabajo de un solo golpe a miles de trabajadores.

Frente a la crisis cada vez más profunda del capitalismo, a la inflación galopante, los peligrosos planes de activación de la OTAN y la carrera armamentista, la Conferencia exhortó al reforzamiento de las acciones conjuntas de los partidos comunistas para crear amplias uniones democráticas contra los enemigos de la distensión internacional, contra las compañías multinacionales y por “una réplica ofensiva que tenderá el camino de nuevas soluciones a tono con los intereses de los trabajadores y los pueblos de esta parte de Europa” [13].

En el presente, lo mismo que antes, la arena inmediata de lucha de la clase obrera y todos los trabajadores es su patria, pero crece cada vez más la significación de las acciones unidas a escala de toda la región y más amplia aún. Estas acciones conjuntas tendrán tanto más éxito cuanto más activa sea la lucha en cada país. La justificación de la pasividad propia con alusiones a la pasividad de los vecinos solo hace el juego del enemigo común.

Los comunistas están convencidos de que ni los procesos de integración ni los intereses comunes de clase pueden suprimir las contradicciones entre los Estados imperialistas. La adaptación del imperialismo a las nuevas condiciones no significa en absoluto la estabilización del capitalismo como sistema. Al propio tiempo, los comunistas sacan la conclusión de que la lucha aislada contra los consorcios y las agrupaciones capitalistas internacionales, como son la CEE o la OTAN no puede tener éxito.

Por cuanto el capitalismo, lo mismo que antes, está sujeto a la ley del desarrollo desigual, y las contradicciones entre los imperialistas no menguan, sino que adoptan nuevas formas, no ha perdido su validez la conclusión de Lenin acerca del inevitable surgimiento de eslabones más débiles en el sistema del imperialismo mundial y de la posibilidad de ruptura revolucionaria precisamente en tales eslabones. Y los procesos integracionistas que se operan en el mundo del capitalismo pueden conducir a que el desgajamiento de un eslabón débil del sistema del imperialismo dé lugar a una reacción en cadena, más rápida que al no haber integración, en otros países, tanto revolucionaria como, por cierto, contrarrevolucionaria.

La creciente relación entre la lucha dentro de los límites nacionales y la internacional predetermina la elevación simultánea de la responsabilidad nacional e internacional de las vanguardias revolucionarias. En el Documento final de la Conferencia de los Partidos Comunistas y Obreros de 1969 se dice: “Cada partido comunista responde de su actividad ante la clase obrera y el pueblo de su país y, a la vez, ante la clase obrera internacional. La responsabilidad nacional e internacional de cada partido comunista son inseparables” [14]. Los cambios producidos en el mundo después de la Conferencia subrayan todavía más esa conclusión.

En la nueva situación adquieren una significación creciente como criterio de auténtico internacionalismo la actitud hacia el socialismo existente en realidad y, ante todo, hacia la Unión Soviética, la fuerza más poderosa que se opone al imperialismo. “Desde luego, ninguna lucha de clase o de liberación puede avanzar sin apoyarse, en primer término, en sus propias fuerzas — escribía Political Affairs, revista del Partido Comunista de EE.UU. (octubre de 1974). Pero, a la vez, hay que reconocer que los éxitos en la lucha contra el imperialismo guardan por doquier estrecha relación con el papel del campo socialista, encabezado por la Unión Soviética, lo que acelera la lucha contra los monopolios internacionales en los países imperialistas y los que luchan para liberarse del imperialismo.”

La burguesía imperialista se vale hoy del antisovietismo no sólo como medio de lucha contra el mundo socialista, sino también para dividir todas las fuerzas progresistas en sus propios países, para apartarlas del aliado más consecuente, que presta ayuda moral, política, económica y, si hace falta, militar a los movimientos de liberación. Por algo gozan de tan activo respaldo de la reacción todas las corrientes revisionistas de derecha, los izquierdistas y, sobre todo, el trotskismo, que calumnia constantemente a la URSS y otros países socialistas, acusándolos de ‘‘limitación nacional”, “encerramiento nacional” y “traición a la revolución mundial”. Los imperialistas saben mejor que nadie que la URSS y todos los demás países de la comunidad socialista ayudan a la lucha de las masas populares de los países capitalistas tanto con su ejemplo como con su política exterior de paz y con su conducta activa en la palestra internacional. La significación de la fuerza del ejemplo del socialismo asusta cada vez más a la burguesía, puesto que, en las condiciones presentes, este ejemplo no es una simple prueba de la superioridad del nuevo régimen, sino la encarnación viva de lo que se va volviendo más y más imperioso para la solución de los problemas cada vez más acuciantes que ahogan al capitalismo.

El lugar que ocupa el socialismo existente en el proceso revolucionario mundial muestra que en las condiciones presentes, además de ser imposible el internacionalismo antisoviético, no se puede ser patriota consecuente si uno se vuelve de espaldas a la Unión Soviética y los demás países socialistas.

Partidos de la acción, las vanguardias comunistas estiman que el patriotismo y el internacionalismo no son cosas que sólo se proclaman. La unidad entre el patriotismo y el internacionalismo constituye la base de la lucha diaria que sostienen los partidos comunistas. Parten de ellos al apreciar unos u otros acontecimientos o fuerzas de clase. Esta unidad determina también sus relaciones mutuas.



Notas

[1] Problems of Comunism, 1970, N° 1, p. 6.

[2] V. I. Lenin, ¿Qué hacer?, O.C., t. 6, pág. 24.

[3] V. I. Lenin y la Internacional Comunista, ed. en ruso, pág. 134.

[4] Party Life, 7.V.1974, p. 13.

[5] Ibídem, p. 15.

[6] V. I. Lenin, La corrupción de los obreros por el nacionalismo sutil, O.C., t. 25, pág. 144.

[7] El maoísmo es un enemigo ideológico y político del marxismo-leninismo, ed. en ruso, pág. 31.

[8] Party Life, 1973, N° 2, p. 13.

[9] Gus Hall, lmperialism Today. An Evaluation of Major Issues and Events of our Time, New York, 1972, p. 294.

[10] Lucha obrera, 1.IX.1972, pág. 4.

[11] Red Flag, 4.III.1972, p. 3.

[12] V. I. Lenin, El militarismo belicoso y la táctica antimilitarista de la socialdemocracia, O.C., t. 17, pág. 190.

[13] Cahiers du comunisme, Mars 1974, p. 141.

[14] Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros. Documentos, Moscú, 1969, ed. en ruso, págs. 326-327.



Fuente: Basmanov, M. I. y Leybzon, V. I., Vanguardia revolucionaria. Problemas de la lucha ideológica, Editorial Progreso, Moscú, 1978, pp. 276-289.



Digitalizado por M. I. Anufrikov para Partiynost

martes, 12 de diciembre de 2017

Campuchea: crimen y fracaso del maoísmo — V. A. Simonov


La “revolución cultural” en territorio ajeno


“Para nuestra revolución campucheana
la ayuda más valiosa que nos prestó
el presidente Mao Tsetung  fueron las ideas 
maoístas. El presidente Mao Tsetung 
personalmente siempre nos apoyó y estimuló.”

Pol Pot, septiembre de 1977


Pol Pot e Ieng Sary, actuando con arreglo a las “ideas” de Mao Tsetung y por indicación de sus patronos, emprendieron algo inconcebible. Se propusieron crear una sociedad sin industria, sin comercio, sin ciencia, sin escuelas, sin cultura, sin ciudades, sin bienes personales e incluso sin vida privada. Este “gran salto” al siglo de las cavernas fue acompañado con la arbitrariedad más desenfrenada y la violencia más brutal. Campuchea se convirtió en un campo de concentración.

La base teórica de la vivisección maoísta de todo un país fueron los postulados y los dogmas hostiles al marxismo proclamados por Mao Tsetung en distintas épocas. Hubo un tiempo en que dictaminó, teniendo en cuenta el papel preponderante del campesino con respecto a la población urbana “aburguesada”: “Las aldeas cercan a las ciudades”. Y he aquí que a los pocos días de subir el nuevo régimen al poder sus soldados, vestidos de uniformes negros, abrieron fuego en Pnom Penh. Era la señal para desplazar a todos los habitantes urbanos a las zonas rurales. A jóvenes y viejos, enfermos y sanos, se les ordenó a punta de metralleta abandonar la ciudad. No hubo compasión con nadie. Sacaron a la calle, junto al personal médico, a los pacientes de hospitales, entre ellos a los enfermos graves y a las mujeres embarazadas. Los soldados interrumpían las operaciones, hacían levantar de las camas a los moribundos. Aquellos días de abril recorrían las calles jeeps chinos con altavoces dando órdenes categóricas ¡lárguense todos de la ciudad, inmediatamente y para siempre! ¡Si no serán fusilados!

Por el camino, miles murieron de agotamiento y hambre, muchos fueron fusilados por los guardianes. De hecho, todos los habitantes de Pnom Penh abandonaron la capital, una de las ciudades más bellas de Asia Sudoriental.

La soldadesca saqueaba las casas vacías, los edificios públicos fueron rodeados de alambradas. La revista norteamericana “The Nation” escribió que por entonces en la capital campucheana habían quedado no más de 15 mil habitantes. Según testigos visuales, durante largo tiempo en las calles de Pnom Penh se vieron cadáveres de hombres, mujeres y niños descomponiéndose al sol. De esta misma manera quedan desiertas otras ciudades de Campuchea. Parecía como si alguien hubiese probado en ellas la bomba de neutrones.

Los gobernantes dividieron a la población del país en dos grandes categorías. La primera estaba compuesta por habitantes de las regiones rurales que se hallaban, en el período de la lucha contra el régimen pro estadounidense, controladas por ellos, y la segunda categoría era el resto de la población. Todos los que caían en ésta —por lo general habitantes de ciudades— se consideraban como enemigos y “corrompidos”. A juicio de Pol Pot, había que aniquilar a la mayor parte de ellos, a fin de “purgar” a la nación.

Junto a las capas explotadoras de la sociedad —grandes propietarios— los funcionarios estatales, los intelectuales y los estudiantes, la clase obrera también fue declarada enemiga. El órgano del régimen, que paradójicamente se llamaba “Revolución”, escribía sin rodeos: “Todos los ex obreros son enemigos del socialismo”.

El exterminio de estos “enemigos”, sin estudio de causa ni juicio alguno, como es natural, comienza simultáneamente con la despoblación de las ciudades y prosigue en los nuevos lugares de residencia, donde se constituyen “comunas”, según el modelo chino, compuestas por habitantes de la ciudad.

En total, más de tres millones de habitantes de ciudades fueron trasvasados a zonas rurales. Como escribía un observador simpatizante del régimen, la célula básica de la vida socio-económica en la Campuchea contemporánea era la cooperativa rural “igualitaria sin relaciones mercantiles y financieras”.

Atroz igualitarismo. A personas no acostumbradas al trabajo rural se las obliga a trabajar de 12 a 14 horas en arrozales y sistemas de riego. Por todo el país se observa el siguiente cuadro: hombres uncidos a arados caminan, con agua hasta las rodillas, vigilados por guardianes armados. Estas células-cooperativistas, verdaderos campos de concentración enmascarados, eran cámaras de muerte socio-económica del antiguo pueblo khmer.

En 1958 Mao Tsetung escribía: “... la población de 600 millones de China se distingue por su miseria y atraso. A primera vista parece malo, pero en realidad es bueno. La pobreza mueve a realizar cambios, a las acciones, a la revolución. En una hoja de papel limpio se puede escribir los jeroglíficos más nuevos, más hermosos. Se puede hacer los dibujos más nuevos, más bellos”.

Los maoístas en Campuchea empiezan también a encarnar en la vida ese precepto del “timonel”. Elevaron la miseria al rango de suprema virtud. Los miembros de las comunas-campos de concentración no sólo vivían en la miseria sino que estaban privados absolutamente de todo, salvo un par de mudas. Toda propiedad individual fue suprimida. Las relaciones mercantiles y dinerarias erradicadas. El comercio se consideraba como un crimen.

Prok Sam, un khmer de 30 años que trabajaba en un chalat (equipo) de 230 personas contó al corresponsal del diario francés “Le Monde”:

“Hay equipos de mujeres y equipos de hombres. Las mujeres y los hombres nunca trabajan juntos. Yo me veía con mi mujer en la aldea una vez cada tres o cuatro meses. Me casé en 1976. No tengo hijos. Me gustó una muchacha y decidí casarme con ella. La petición fue transmitida al jefe de la sección, después del destacamento, luego al jefe del equipo; seguidamente la solicitud se envió a la jefatura del equipo de mi novia. La respuesta la recibí por las mismas vías. Me casé al mismo tiempo que otras 95 parejas. Algunos no querían casarse. Después de la primera noche nupcial nos separaron por cuatro meses.”

De cómo se ultrajaba la dignidad del pueblo khmer lo testimonia también en su diario Oddar Meanchey, campesino de 23 años, de la comarca de Chonkal. Extractos del mismo los publicó en su tiempo el periódico “Akahata”. Meanchey escribe:

“A los cónyuges no se les permite vivir juntos. Padres e hijos viven separados; se les permite verse una vez cada mes y medio o dos meses. Desde principios de 1977, a todos los habitantes de la aldea empezaron a reunirlos en un sitio para comer. La jornada dura desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche.”

Bajo el despótico régimen de Pol Pot, constata “Akahata”, toda una nación había sido privada de llevar vida familiar.

En sustancia, el pueblo campucheano en aquellos tres años no tenía derecho alguno; sólo obligaciones. Y la principal consistía en ser aquella “hoja limpia de papel” en la que las autoridades escribían con sangre los absurdos dogmas maoístas.

El régimen, desde los primeros días de su existencia, lleva a cabo el exterminio planificado e implacable de intelectuales, estudiantes, alumnos, de todos los que pudieran reflexionar sobre la esencia de los acontecimientos y hacer frente al terror. Para que los intelectuales no renaciesen, ni por nada del mundo, la camarilla de Pol Pot e Ieng Sary cerró todos los centros docentes. Las autoridades de Campuchea consideraban que para cultivar arroz era suficiente una instrucción elemental.

La política religiosa y de las nacionalidades de la camarilla de Pol Pot e Ieng Sary resaltaba por su acendrado extremismo. En Campuchea son históricamente muy fuertes las tradiciones budistas. Formalmente en la Constitución del país se proclamaba: “Cada ciudadano de Campuchea tiene derecho a creer en dios y practicar una religión o no creer en dios y no profesar religión alguna”. Sin embargo, todo era muy distinto.


“Cercar la ciudad con la aldea”. Esta consigna que los adeptos de Mao esgrimieron en Campuchea implicó, en rigor, la desaparición de las ciudades. Tres millones de habitantes de la capital y centenares de miles de habitantes de otras 20 ciudades se vieron desalojados de sus hogares por la fuerza y, como rebaños, arreados a otros lugares. En la foto: Pnom Penh. Plaza del mercado. El 10 de enero de 1979, en pleno día. Como si hubiese estallado una bomba de neutrones.

La mitad de los ciudadanos de Campuchea perdieron sus deudos y se quedaron sin techo. Cientos de miles de desalojados se vieron obligados a vagar por tierras extrañas. Primero les aguijoneó el miedo a la muerte; luego, el hambre. Más tarde, liberados ya de la camarilla de tiranos el país, empezaron a regresar a sus lares. Pero los transportes han quedado destruidos. Por todos los caminos, por todas las direcciones se mueven los que quedaron con vida.

Los sentimientos religiosos de la población se pisoteaban de manera brutal. He aquí lo que refiere el monje budista Yaen Son, superior de la pagoda de Pien Pen, distrito de Sem Priem, provincia de Srai Rieng, que logró evadirse a Vietnam: “Todos los monjes y monjas fueron expulsados de las pagodas. Estatuas y altares budistas fueron destrozados o tirados a ríos y estanques. A los viejos monjes les obligaban a realizar extenuantes trabajos físicos durante 13 horas al día. Siempre teníamos hambre; a los que se quejaban los detenían y se los llevaban no se sabe a dónde...”

Derrocado el régimen de Pol Pot, el príncipe Norodom Sihanuk, que largo tiempo estuvo encarcelado, en una entrevista al semanario norteamericano “The Times” pinta un cuadro parecido: “Los templos y pagodas o bien se quemaban o bien se convertían en porquerizas, almacenes o escuelas políticas en las que enseñaban a la juventud... a amar a Pol Pot con todo el corazón y el alma”. Sihanuk añadió que a lo largo de tres años él fue el único budista de Campuchea que logró cumplir todos los ritos budistas.

La camarilla terrorista no sólo privó a centenares de miles de personas de libertad de conciencia, sino también de la patria. Se trata de minorías nacionales y, en primer lugar, de los vietnamitas que residían en Campuchea. Nada más hacerse con el poder la camarilla de Pol Pot e Ieng Sary desplegó una extensa campaña de odio contra Vietnam y contra los vietnamitas.

En Campuchea vivía aproximadamente medio millón de vietnamitas que junto con los khmer habían participado en la lucha anticolonial y antimperialista. Luego la comunidad vietnamita pasó a ser objeto de brutales persecuciones. Los vietnamitas fueron expulsados de su tierra, les requisaron todos los bienes e instrumentos de trabajo. Decenas de miles fueron expulsados del país y muchos asesinados brutalmente.

Los ex gobernantes de Campuchea ejercieron una dominación salvaje con el pueblo cham. Se conoce el testimonio de un representante de esta nacionalidad, Suleiman Samona: “Los guardianes de Pol Pot nos obligaban a trabajar sin descanso todo el día hasta las once de la noche y a veces hasta las dos y tres de la madrugada... Nos prohibían hablar en nuestro idioma y a las mujeres llevar el pelo largo como lo exige nuestra costumbre nacional. A los que protestaban se los llevaban y ya nadie los volvía a ver”.

Es curioso que a pesar de los estrechos lazos entre Pnom Penh y Pekín, al principio habían sido represaliados también chinos, los llamados huachiao. Por lo que parece la inercia del terror era muy grande. Pero el gobierno pequinés no permaneció mucho tiempo con los brazos cruzados. De la noche a la mañana los huachiao se convirtieron en la élite local.

Hoy ya no existe duda alguna de en qué consistía el objetivo de solucionar así esta cuestión relacionada con las nacionalidades. Como señaló en marzo de 1979 Ros Samay, Secretario General del Frente Unido de Salvación Nacional de Campuchea (FUSNC), Pekín había tratado de desbrozar de este modo un nuevo “espacio vital” para poblarlo de huachiao, había querido hacer de Campuchea una base de apoyo de expansionismo militarista en Asia Suroriental.

Así surgía un Estado monstruo pro maoísta. Jamás nadie había logrado en menos de dos años borrar por completo, aniquilar la economía de un país, su cultura y sus costumbres. Fueron quemados libros y archivos. Las pagodas, las estatuas de Buda, los museos, todo fue destruido y ultrajado.

Apareció ante el mundo algo muy conocido: la segunda edición de la “revolución cultural” efectuada anteriormente en China. La base de unos y otros acontecimientos era la misma ideología —el maoísmo—, los mismos métodos de embrutecer a las masas y convertirlas en instrumento sumiso en manos de aventureros políticos.

El régimen de Pnom Penh ni siquiera pensaba ocultar la fuente teórica de donde extraía la inspiración para actuar de manera salvaje contra su propio pueblo. Pol Pot habló de ello sin rodeos durante una visita que hizo en septiembre de 1977 a Pekín.

“Para nuestra revolución campucheana —declaró servilmente ante la camarilla pequinesa encabezada por Hua Kuofeng— la ayuda más preciosa que nos prestó Mao Tsetung... son las ideas maoístas. El presidente Mao siempre nos apoyó y estimuló personalmente”. El famoso librito de citas de Mao, que desapareció ya de las tiendas pequinesas, era para Pol Pot una “antorcha radiante”. En el mismo discurso pronunciado en el banquete en la capital china calificó las ideas del “gran timonel” de “arma ideológica y política más eficaz y aguda en nuestra lucha por alcanzar victorias”.

Después de tales explicaciones todos los “experimentos” del régimen de Pnom Penh, cometidos sobre los huesos del pueblo khmer, por lo visto no requieren ser explicados por específicas circunstancias locales, como trataron de hacerlo los intérpretes occidentales de la tragedia campucheana. Ni la historia del país, ni el carácter nacional del pueblo khmer, ni la alteración alguna de la psíquis de los cabecillas de Pnom Penh —se exponían también tales versiones— tienen nada que ver con lo que ocurrió en Campuchea en la “noche de los cuchillos largos” que duró tres años. Otro factor influjo de manera determinante. A saber: el transplante al terreno khmer de las dementes ideas de Mao. Esa es el “arma más aguda” con el que, en última instancia, fueron aniquilados millones de khmer.

Cuando enfocamos de esta manera la tragedia campucheana todo permite una explicación precisa. Tras cada medida sociopolítíca aplicada por estos bárbaros y aventureros, por más inverosímil que nos parezca al principio, se trasluce con nitidez una “idea” concreta de Mao o una página copiada de la historia de la China maoísta.

A las citadas tesis del “cerco de la ciudad por la aldea” y a la “hoja de papel limpia” se podrían añadir decenas de postulados maoístas que Pol Pot quería transplantar al suelo de Campuchea. Todos esos “gran saltos” y “comunas populares” las reproducía con sumo cuidado el régimen títere de Pnom Penh, a escala de un pequeño país, y por eso su impacto destructor fue mucho más monstruoso que en la inmensa China.

Sin esforzar la memoria veremos que veinte años antes de la expulsión obligada de los campucheanos a la aldea, Mao también había echado de ciudades a jóvenes chinos, tratando de realizar de este modo un salto al comunismo en tres años. La idea del “timonel” heredada por Pol Pot consistía en crear condiciones ideales para movilizar mano de obra baratísima, privada además de todos los derechos. Los habitantes de las regiones rurales de China y los de las ciudades fueron divididos en batallones y compañías haciendo caso omiso de lazos familiares y sociales. Comían de una misma cacerola y repartían entre sí las prendas personales. Como es sabido, a resultas de esta violencia sobre el individuo y sobre las leyes del fomento económico, empieza en China a reducirse bruscamente la producción agrícola y se desata el hambre.

“Las ideas de Mao Tsetung son las más eficaces y mordaces armas ideológicas y políticas”, dijo Pol Pot (a la izquierda, en la foto de arriba) durante la última visita a Pekín. En las fotos de abajo, los campucheanos que padecieron el efecto de esas “armas”. Un médico, un estudiante, un sacerdote... Siete, ocho, nueve... cien... mil... un millón... un obrero más, un intelectual más... Decapitados, destripados, mutilados... Y lo preferido por Pol Pot era enterrar en vida.

Los “experimentos” económicos realizados en Campuchea son una copia de aquellos de hace veinte años. El “gran salto” chino se repitió allí bajo otra consigna: “Habiendo arroz, habrá todo”. Es verdad que esta vez no se trataba de edificar aceleradamente el comunismo sino alcanzar con rapidez abundancia de arroz, o sea recoger, según consideraban en Pnom Penh y Pekín, seis millones de toneladas. Pero, a pesar de que casi toda la población de Campuchea trabajaba en los arrozales, el resultado no fue mejor que en China. La producción de cereales, según la prensa yugoslava, supuso un 60-70 por ciento del antiguo nivel.

Como podrá ver el lector, cada acto de la tragedia campucheana fue puesto por un guión pequinés. Esto se refiere también al genocidio, cuyas víctimas, según los planes de Pol Pot, debían ser unos 7 millones de personas: en definitiva debía quedar tan sólo “un millón de hombres fieles”. Campuchea fue víctima directa de la ideología aventurera e inhumana maoísta. El experimento campucheano de los maoistas fue una prueba dura y dolorosa para los pueblos de Indochina. Al mismo tiempo constituyó una clara advertencia del peligro que entrañan los planes de largo alcance de Pekín en Asia. Los pueblos de los países en desarrollo han recibido una lección clarísima de qué desgracias y privaciones puede acarrearles el continuar uncidos al carro de la política e ideología de la dirigencia pequinesa.

A comienzos de 1979, Leonid Brézhnev haría uno de los comentarios más precisos y explícitos de lo que sucedió en aquellos tres años siniestros en la sufrida Campuchea. A su juicio en ésta existía un régimen propequinés, por decirlo así un modelo chino de estructura política y el genocidio que tuvo lugar en Campuchea lo llamó “revolución cultural china en acción en territorio ajeno”.

Salto del dragón chino


“Sin falta debemos hacernos con
 Asia Suroriental, incluido Vietnam
 del Sur, Tailandia, Birmania,
Malasia, Singapur... Una región como
Asia Suroriental es muy rica, hay
allí muchos yacimientos naturales...
Después de que nos hagamos con Asia
Suroriental, el viento de  Oriente 
prevalecerá  sobre el de Occidente.”

Mao Tsetung, 1965


Pekín hizo de Campuchea un campo de concentración no sólo para confirmar la importancia general del maoísmo. La dirigencia china quería utilizar el país del pueblo khmer como instrumento para ejercer su hegemonismo en Asia Suroriental. El quid de estos planes en la práctica lo evidenciaron las provocaciones militares del régimen antipopular de Pol Pot e Ieng Sary contra Tailandia, Laos y en especial contra Vietnam, país que había prestado una gran ayuda al pueblo khmer para liberarse del dominio estadounidense en 1975.

El 3 de febrero de 1976, en un mensaje enviado al partido de los comunistas vietnamitas, Pol Pot e Ieng Sary expresaban “su más profundo agradecimiento al Partido de los Trabajadores de Vietnam por el apoyo y la ayuda que prestaron a los patriotas de Campuchea durante la guerra revolucionaria por la liberación nacional”. Transcurrió poco más de dos años y el “más profundo agradecimiento” se volvió odio y agresión directa contra el pueblo vietnamita.

Ya en mayo de 1975, Pekín instigó a Pnom Penh a una guerra, prometiéndole en recompensa un extenso territorio de Vietnam, la provincia de Nambo. Desde este momento las fuerzas armadas de Campuchea comienzan a atacar sistemáticamente a Vietnam a lo largo de toda la frontera. Desde el verano de 1975 a octubre de 1978 se registraron 6.186 casos de penetración de fuerzas campucheanas en el territorio vecino que aún no se había repuesto de la durísima guerra de liberación nacional contra el imperialismo estadounidense.

Con frecuencia esas incursiones se hacían a una profundidad de 10 kilómetros. Además, una infinidad de testimonios presentados por las autoridades vietnamitas, muestran que el agresor se escarnecía en la población civil. Allí por donde pasaban los soldados de Pol Pot sólo quedaban ruinas y cadáveres.

— Teníamos orden de exterminar incluso a los niños, declaró Oa Trang, jefe de sección campucheana hecho prisionero. Porque, nos decían, que cuando sean mayores también se convertirán en enemigos de Campuchea.

El ejército vietnamita y la población de las zonas fronterizas durante largo tiempo dieron sobradas pruebas de paciencia. “Pero Campuchea, tomando erróneamente nuestra paciencia y deliberada moderación por síntomas de debilidad, proseguía e intensificaba sus actos de hostilidad —declaró Pham Van Dong, primer ministro de la RSV—. Ante la gravedad de la situación creada, nuestras fuerzas armadas acantonadas en dichas regiones (fronterizas) se vieron obligadas a adoptar medidas de autodefensa movidas por la firme decisión de proteger la soberanía y la integridad territorial del país, los bienes y el trabajo pacífico del pueblo”.

En un documento difundido por la oficina de prensa e información del Ministerio de Negocios Extranjeros de la RSV el 5 de enero de 1978, se dan hechos concretos que registran con precisión las aspiraciones conquistadoras del Pol Pot. Por ejemplo, una octavilla campucheana hallada en la provincia vietnamita de An Giang, cuyo centro administrativo es la ciudad de Chiaudok, donde a 1.200 metros de la frontera pasa el canal Vinhtie, decía: “No olviden que están ustedes en territorio campucheano. El territorio campucheano no termina en este canal sino que se extiende hasta Saigón”.

Hoy para nadie es un secreto que la guerra contra Vietnam, desencadenada por el régimen de Pol Pot, fue inspirada por Pekín. China envió a Campuchea gran cantidad de armas y material de guerra, así como unos 20 mil “consejeros”. Varios miles de ellos, vestidos con uniforme campucheano, dirigían directamente las operaciones militares contra Vietnam.

El ejército campucheano pasó, de hecho, a ser carne de cañón para Pekín, el cual, al parecer, sacó la conclusión de que, además de controlar a los títeres de Pnom Penh, había adquirido la posibilidad de realizar el sueño de “recuperar las tierras perdidas”. ¿De qué tierras se trata? Pues, aquí no caben conjeturas debido a que en los años cuarenta en China se editó una “Historia breve de la China contemporánea” que incluía un mapa en el cual se señalaba el llamado “territorio chino ocupado por los imperialistas entre 1840 a 1919”.

Basta echar una ojeada al mapa para hacerse una idea de los apetitos de los expansionistas pequineses. Dentro de este territorio se incluyen Birmania, Vietnam, Tailandia, Malasia, así como Nepal, Bután, el Estado indio de Sikkim y las islas de Andaman, el archipiélago de Sulu perteneciente a las Filipinas, Corea, República Popular de Mongolia, considerables regiones de la Unión Soviética.

El salto del dragón chino sobre la India y su segundo salto sobre Vietnam en febrero de 1979, así como infinidad de actos armados de menor alcance contra las naciones vecinas son manifestaciones conquistadoras de Pekín: su línea estratégica. Siguiéndola al pie de la letra, los sucesores de Mao realizan sus postulados teóricos de manera metódica y sin apartar la vista del objetivo, que podríamos sintetizar así: cada generación debe tener su guerra, y Pekín ganar todos los trofeos en la misma. Entre este tipo de trofeos anhelados, a China, sobre todo, le atraen las ingentes riquezas naturales de Asia Suroriental, de donde el mundo obtiene el 70 por ciento de plomo, el 81 por ciento del caucho, el 70 por ciento de copra, petróleo, mineral de hierro, níquel.

La invasión de Vietnam por Pekín en febrero de 1979 puso todos los puntos sobre las “íes”. Antes, la saturación de Campuchea con armas chinas, el impeler a Pol Pot a provocaciones armadas al suroeste de la frontera de Vietnam y el concentrar un ejército de 600 mil hombres en su frontera del norte, todo ello, lo interpretaban algunos como asperezas chinas hacia sus vecinos. Después de la invasión se pusieron de relieve con toda claridad los contornos de la operación estratégico-militar concebida por Pekín, cuya víctima no sólo tendría que ser el Vietnam socialista sino todo el Asia Suroriental.

La esclavización de Campuchea era sólo la primera etapa del camino emprendido por Pekín para adueñarse de esta región. Después de exterminar a 7/8 de la población aborigen y de llenar ese vacío sangriento con etnias chinas, allí debía surgir la plaza de armas estratégica de China. Vietnam quedaría atenazado y se le impondría una guerra en dos frentes. Tras abrir un pasillo a través del territorio vietnamita rodeado, Pekín esperaba salir a Tailandia, Malasia, Indonesia y más adelante, en plena consonancia con el postulado de Mao, “recuperar” todo el Asia Suroriental. Pero se interpuso Vietnam. El no querer hacer de puente de la expansión china quebrantaba los planes hegemonistas de Pekín. Por ello hacía indispensable aplastar a Vietnam.

El derrocado régimen de Pol Pot decidió cumplir con toda diligencia esta tarea. Cabe decir que no sólo copiaba las acciones expansionistas de sus patronos chinos, sino también la decoración propagandística. El propio Pol Pot justificaba sus irrupciones bandidescas contra Vietnam y Tailandia con haber “perdido” parte de su territorio el siglo pasado. De esta manera, los maoístas de Pnom Penh se sumaron a los esfuerzos de Pekín a fin de fragmentar el mapa de Asia Suroriental y Asia Meridional según el esquema de “territorios perdidos” de éste. La coordinación permanente de esta orientación conjunta expansionista militar en la región se llevaba a cabo durante frecuentes contactos oficiales a diversos niveles.

Conviene recordar que una delegación militar de Pol Pot visitó Pekín en los últimos días de julio y comienzos de agosto de 1978; esta delegación fue recibida por Teng Hsiaoping y otros líderes chinos. Durante la visita se concertaron planes para continuar suministrando armas chinas a las tropas de Campuchea, incluidos tanques, artillería pesada, transportes acorazados y camiones. Bajo la inspección de especialistas chinos se construían aeródromos y otros objetivos militares, en particular, una importante base aérea en Kampongchiang. Aquí se concentraban cazas de reacción y bombarderos de fabricación china.

A principios de noviembre de 1978 visitó Campuchea el vicepresidente del CC del PCCh, Wang Tunghsíng quien en sus discursos enfatizaba en el hecho de que Pol Pot e Ieng Sary gozan del pleno apoyo de Pekín.

Hay que decir que las declaraciones sobraban, ya que estaba bien claro que los ex líderes de Campuchea habían caído bajo la total influencia de Pekín. Se convirtieron en ciegos ejecutores de los planes expansionistas de los grandes Kanes, en instrumentos sumisos de la dirigencia maoísta.

Precisamente los planes expansionistas de los dirigentes chinos fueron los que determinaron la magnitud inaudita de la tragedia campucheana. En ellos reside el germen de la creciente tensión con el vecino Vietnam y la transformación de la misma en guerra fraticida en las provincias sureñas de la RSV.

Sin embargo, Vietnam no se atemorizó sino que defendió su territorio y expulsó de sus fronteras a los desenfrenados títeres pequineses. El contragolpe de las fuerzas armadas de Vietnam sirvió de señal para que se desmoronase el régimen antipopular de Pol Pot e Ieng Sary, lo que provocó la furia de sus patronos chinos. Fue entonces cuando en Pekín consideraron necesario dar una lección a Vietnam que comenzó con el bombardeo artillero en la frontera norteña de la RSV el 17 de febrero de 1979 por la mañana.

El sufrido Vietnam pasó a ser de nuevo victima de la agresión, y esta vez, de la agresión china. Esta era la venganza de Pekín debido a que el plan montado para ensanchar el “Imperio central” a cuenta de los Estados de Asia Suroriental fue hecho trizas por la firme resistencia de Vietnam. No se logró convertir a Vietnam en una victima inerme atenazada entre dos plazas de armas chinas. Fracasaron todos los esfuerzos febriles de Pekín de los últimos años por desestabilizar la situación en Vietnam con formas de presión tan brutales como la supresión de la cooperación económica y la propaganda subversiva entre los huachiao vietnamitas. Pekín, además de perder el control sobre Pnom Penh, perdíó la esperanza de marchar por la “alfombra víetnamita” hasta el golfo de Siam.

Con la vandalesca invasión perpetrada por divisiones chinas a cinco provincias norteñas vietnamitas, desde el golfo de Tonkín hasta los montes de Laos, la camarilla pequinesa quería desquitarse por el fracaso de su operación político-militar, cuyas víctimas deberían ser numerosos Estados de Asia Suroriental. En este sentido, los acontecimientos de Campuchea y la guerra china contra Vietnam guardan, de verdad, estrecha relación denominada: rabia del expansionismo pequinés al no ver satisfechas sus ansias.

Para ocultar este evidente y único motivo, la camarilla china rodeó su agresión armada de una columna de humo propagandístico. En decenas de declaraciones al más alto nivel, Pekín trató de crear la ilusión de que sus acciones eran “un obligado contragolpe” o una “medida limitada de castigo” en respuesta a cierta “invasión de Vietnam a Campuchea”. Es decir, a la opinión pública mundial se le imponía un falso “enfoque idéntico” a los acontecimientos de Campuchea y a la guerra a gran escala desencadenada por China al norte de Vietnam. El agresor colocaba el signo de igualdad entre él y su víctima.

A ello le ayudaban activamente algunos influyentes círculos occidentales. Hoy nadie duda que durante la visita de Teng Hsiaoping a Estados Unidos, a comienzos de 1979, la administración norteamericana, a la chita callando o tal vez a voces (mas no para todos) aprobó los planes de “propinarle una merecida lección a Vietnam”. En Washington saben mucho de esta filosofía imperial, que otorga el derecho a una gran potencia a perdonar o a castigar, como es frecuente, a otros pueblos. De la coparticipación norteamericana nos convence no sólo la circunstancia de que la agresión fue aprobada en una reunión del CC del PCCh, celebrada al día siguiente de regresar de Estados Unidos Teng Hsiaoping. No se trata sólo de que hacia la frontera vietnamita fueron trasladadas tropas chinas que estaban dislocadas cerca de Formosa. Mas bien la reacción de Washington oficial al ataque chino y sus consiguientes acciones confirmaron las sospechas de la opinión pública mundial.

El Gobierno de EE.UU. llamó el ataque de Pekín de la forma más delicada: nada más que “penetración en territorio ajeno” que no fue otra cosa que la respuesta, según ellos, a la “invasión de Camboya por Vietnam”. ¿Desde cuándo una agresión en la que participa un ejército de medio millón de hombres y centenares de tanques, una agresión en la que se emplea la táctica hitleriana de “tierra quemada” se denomina, casi cariñosamente, “penetración”? Sólo hay una respuesta: desde el momento en que se normalizan las relaciones norteamericano-chinas. Sin embargo, esta acción desesperada de los invasores maoístas tampoco les reportó resultados apetecidos. El Vietnam socialista defendió su territorio y los “maestros” castigadores chinos, tras perder en tierra vietnamita 62.500 soldados, 280 tanques y mucho material bélico, se retiraron. El dragón dio marcha atrás con el prestigio hecho añicos y las narices aplastadas. Ni un solo Estado, ningún movimiento social importante respaldó a los expansionistas pequineses.

Desde ahora políticos sensatos de los países asiáticos no subestiman más la agresividad de China. Para ellos es evidente que la llamada retirada voluntaria de las tropas chinas de Vietnam y los arrullos de los medios de información pequineses y algunos occidentales en torno a esta acción persiguen a la vez varios objetivos. Y son: presentar la derrota moral, política y militar de China como una “retirada de los vencedores después de una eficaz operación de castigo”; contener la ola de indignación internacional por la agresión china; por último, distraer la atención de la opinión pública mundial de las plazas de armas permanentes creadas en las fronteras de Vietnam y Laos para nuevas provocaciones armadas contra los países vecinos y tal vez una nueva guerra a gran escala en Indochina.

Veamos por qué muchas capitales del continente asiático condenaron el ataque chino a Vietnam cuya etapa preparatoria, como ahora se puso de relieve, fue el experimento maoísta en Campuchea. En el comunicado soviético-indio, firmado en marzo de 1979, el gobierno de la India condenó al agresor chino y exigió la “plena, incondicional, e inmediata” retirada de las tropas pequinesas de Vietnam. A juicio del ministro de negocios extranjeros de Singapur, S. Rajaratnam, incluso la retirada de las tropas chinas no cambiará el carácter dilatado del conflicto. Durante su visita a Moscú en marzo de 1979 el Primer Ministro de Tailandia, Kriangsak Chamanan se mostró profundamente preocupado por la situación en Indochina debido a las acciones militares.

El Asia considera meditando lógicamente que durante algún tiempo el dragón chino puede esconder las uñas. Pero a partir de esta nueva experiencia nadie descarta la posibilidad de que dé un nuevo salto.



Fuente: Simonov, V. A., Campuchea: crimen y fracaso del maoísmo, Editorial de la Agencia de Prensa Nóvosti, Moscú, 1979, pp. 11-35.



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