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miércoles, 12 de septiembre de 2018

La conciencia como propiedad de la materia altamente organizada

Jachik Nishanovich Momdzhyan
(1909-1996)

El hombre posee el don más precioso: la conciencia, la razón pensante, con su capacidad de remontarse a lo pasado lejano y a lo porvenir, de penetrar en el terreno de lo desconocido, con su mundo de ensueños y fantasías. ¿Qué es, pues, la conciencia, cómo ha surgido y cuáles son sus peculiaridades? ¿Qué relación guarda con la realidad y con el cerebro humano?

1. La conciencia es función del cerebro humano

El hombre empezó ya en la remota antigüedad a reflexionar sobre el misterio de su conciencia. Las mentes más preclaras de la humanidad intentaron a lo largo de muchos siglos descubrir la naturaleza de la conciencia y buscar respuesta a diversas preguntas: cómo crea la materia inorgánica, en un grado determinado de desarrollo, la materia orgánica y cómo engendra esta última la conciencia; cuáles son su estructura y sus funciones; qué mecanismo efectúa la transición de las sensaciones y las percepciones al pensamiento; qué relación existe entre la conciencia y los procesos fisiológicos materiales que se producen en la corteza cerebral. A consecuencia de su complejidad, éstos y otros muchos problemas íntimamente relacionados con ellos fueron inaccesibles durante largo tiempo a la investigación científica rigurosamente objetiva. Esta circunstancia fue uno de los motivos de que en la interpretación de los fenómenos de la conciencia alcanzaran gran difusión concepciones idealistas y religiosas de distinto género.

Según las concepciones idealistas religiosas, la conciencia es una manifestación de cierta sustancia inmaterial, del «alma», que, según ellas, no depende de la materia en general ni del cerebro humano en particular, puede existir independientemente y es inmortal y eterna.

La idea del «alma» como principio inmaterial vivificador y cognoscente surgió ya en la antigüedad. Al no saber explicar las causas naturales de los sueños, los desvanecimientos, la muerte y los distintos procesos cognoscitivos, emocionales y volitivos, los antiguos llegaban a concepciones falsas de estos procesos. Por ejemplo, los sueños eran interpretados como impresiones del «alma», que durante el sueño abandona el cuerpo y vaga por lugares diversos. La muerte era presentada como una variedad del sueño, en la que «el alma», por causas desconocidas, no retoma al cuerpo que ha abandonado. Estas opiniones ingenuas y fantásticas fueron desarrolladas con posterioridad, «argumentadas» teóricamente y refrendadas en diferentes sistemas filosóficos idealistas. Cualquier sistema idealista proclamaba, de una manera o de otra, que la conciencia (la razón, la idea, el espíritu) es una esencia sobrenatural independiente; es más, una esencia que no sólo no depende de la materia, sino que incluso crea todo el mundo y dirige su movimiento y desarrollo.

En oposición a las distintas concepciones idealistas, el materialismo parte de que la conciencia es una función del cerebro humano y su esencia consiste en que refleja la realidad. Pero el problema de la conciencia ha sido también extraordinariamente difícil para los filósofos y sicólogos materialistas. Algunos de ellos, al tropezar con dificultades en el problema del surgimiento de la conciencia, empezaron a considerar ésta como un atributo de la materia, como una propiedad eterna suya, inherente a todas sus formas, tanto superiores como inferiores. Declararon que toda la materia estaba dotada de vida. Esta concepción se denomina hilozoísmo (del griego hyle, materia, y zoe, vida).

El materialismo dialéctico arranca de que la conciencia es una propiedad no de cualquier materia, sino de la materia altamente organizada, y está vinculada a la actividad del cerebro humano. Como subrayaron los fundadores del marxismo, la conciencia jamás puede ser otra cosa que la existencia hecha conciencia, y la existencia (el ser) de los hombres es un proceso real de su vida.

La concepción materialista dialéctica de la conciencia se basa en el principio del reflejo, es decir, de la reproducción síquica del objeto en el cerebro humano en forma de sensaciones, percepciones, representaciones y conceptos. El contenido de la conciencia está determinado, en fin de cuentas, por la realidad circundante, y su substrato material, su portador, es el cerebro. Es evidente a todas luces que no puede existir ninguna vida espiritual sin el cerebro, sin los conductos que lo vinculan al mundo.

Entre los animales, la capacidad de reflejo síquico de los influjos externos apareció en el curso de su evolución sólo cuando surgió en ellos el sistema nervioso. El perfeccionamiento de la sique de los animales bajo la influencia del modo de vida está ligado íntimamente al desarrollo de su cerebro. La conciencia del hombre surgió y se desarrolla en estrecha conexión con el surgimiento y desarrollo del cerebro específicamente humano, bajo el influjo de la actividad laboral y de las relaciones sociales. El cerebro es el órgano de la conciencia como forma superior del reflejo síquico de la realidad.

El cerebro humano es un delicadísimo aparato nervioso, formado de una cantidad inmensa de células nerviosas, que llega a 15.000 millones. Cada célula está en contacto con otras, y todas ellas, en unión de los terminales nerviosos de los órganos sensoriales, constituyen una complicadísima red en la que existe una cantidad incalculable de nexos.

El cerebro humano tiene una estructura «jerárquica» extraordinariamente complicada. Las formas más simples de análisis y síntesis de las influencias exteriores y de regulación de la conducta son realizadas por las secciones inferiores del sistema nervioso central —médula espinal, médula oblongada, meseneéfalo y diencéfalo—, y las formas más complejas, por los «pisos» altos, en primer término, por los hemisferios del cerebro. Las fibras nerviosas hacen llegar a las diversas secciones de la corteza cerebral estímulos originados por la influencia de los agentes exteriores sobre los órganos de los sentidos. El aparato subcortical del cerebro es un órgano de complejísimas formas de actividad hereditaria, innata (instintiva). Desempeña un papel autónomo en los animales vertebrados inferiores, pero pierde su independencia en los vertebrados superiores: en los mamíferos y, sobre todo, en el hombre.

La acción recíproca del organismo y del mundo circundante, así como de las distintas partes del primero y de sus órganos, se asegura por medio de reflejos, es decir, de reacciones del organismo, originadas por la excitación de los órganos sensoriales y realizadas con participación del sistema nervioso central. Los reflejos se dividen en dos grupos fundamentales: no condicionados y condicionados. Los reflejos no condicionados son reacciones innatas del organismo, transmitidas por herencia, ante las influencias del medio exterior. Los reflejos condicionados son las reacciones adquiridas en el proceso de la actividad vital del organismo; su carácter depende de la experiencia individual del animal o del hombre. La doctrina acerca de los reflejos del cerebro fue desarrollada por numerosos científicos de diversos países. A ella contribuyeron en gran medida los sabios rusos I. Séchenov, I. Pávlov, N. Vvedenski, A. Ujtomski, L. Orbeli y otros, que sustentaron una posición estrictamente materialista y partieron de la idea de que lo fisiológico y lo síquico están unidos de manera indisoluble. Las ideas de los científicos soviéticos P. Anojin (sobre la actividad de integración del cerebro como sistema funcional íntegro y sobre el mecanismo fisiológico del reflejo adelantado de la realidad) y N. Bernstéin (acerca de la construcción de tareas y objetivos de la acción en el proceso de la actividad cerebral) tienen gran importancia para el estudio de los mecanismos fisiológicos de la sique y de la conciencia.

El cerebro es un sistema funcional excepcionalmente complicado. Y la acertada comprensión del funcionamiento de este sistema presupone la unión de los datos obtenidos al estudiar las distintas células nerviosas y al investigar la conducta exterior del hombre. Ninguna sensación, ningún sentimiento y ningún impulso pueden surgir fuera de los procesos fisiológicos del cerebro.

La idea de que el cerebro es el órgano del pensamiento, surgida en la remota antigüedad, es hoy admitida universalmente por la ciencia. Sin embargo, algunos filósofos idealistas tratan, incluso en nuestros días, de impugnar la tesis de que la conciencia es una función del cerebro.


La conciencia es un producto de la actividad del cerebro y surge merced únicamente a la influencia del mundo exterior sobre el cerebro a través de los órganos de los sentidos. Estos últimos son «aparatos» que sirven para reflejar, para informar al organismo de los cambios que se operan en el mundo circundante o dentro del propio organismo. Por eso, los órganos de los sentidos se dividen en exteriores e interiores. Los exteriores son la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Las señales que envían al cerebro los órganos sensoriales informan de las propiedades de las cosas, de sus nexos y relaciones. Pávlov dio la denominación de analizadores al conjunto de órganos de los sentidos y de las correspondientes ramas nerviosas. El análisis de las influencias del medio comienza en la parte periférica del analizador —el receptor (terminales de las fibras nerviosas)—, en el que se distingue un tipo determinado de energía de entre los muchísimos que influyen en el organismo. El análisis supremo y más exacto se consigue solamente con el concurso de la corteza cerebral. La excitación originada por tal o cual influencia en los órganos de los sentidos origina una sensación, se convierte en un factor de la conciencia, sólo cuando llega al cerebro. Los procesos fisiológicos corticales son mecanismos materiales necesarios de la actividad síquica reflexiva, son fenómenos de la conciencia.

2. La conciencia, forma superior del reflejo síquico del mundo objetivo

El análisis del nexo existente entre la conciencia y los procesos fisiológicos que tienen lugar en el cerebro está lejos aún de descubrir las peculiaridades de este último. Porque los mecanismos fisiológicos de los fenómenos síquicos no son idénticos al contenido de la sique, la cual es el reflejo de la realidad en forma de imágenes subjetivas, ideales.

El materialismo dialéctico rechaza la interpretación primitiva de la esencia de la conciencia por los partidarios del materialismo vulgar (K. Vogt, L. Büchner, J. Moleschott y otros), el cual reduce la conciencia a su substrato material: a los procesos fisiológicos nerviosos en el cerebro. Cada naturalista, decía Vogt, está obligado a llegar al convencimiento de que «todas las facultades conocidas con la denominación de actividad anímica son sólo funciones de la sustancia cerebral o, dicho de una manera más vulgar, que el pensamiento guarda aproximadamente la misma relación con el cerebro que la bilis con el hígado...» [1] Y en este sentido, según él, la conciencia actúa como algo material.

Identificar la conciencia con la materia es un burdo error. Al criticar los errores del materialista vulgar J. Dietzgen —quien suponía que «el espíritu se diferencia de la mesa, la luz o el sonido no más que estas cosas se diferencian entre sí»—, Lenin dijo: «El error es aquí evidente. Que el pensamiento y la materia son «reales», es decir, que existen, es verdad. Pero calificar el pensamiento de material es dar un paso en falso hacia la confusión entre el materialismo y el idealismo» [2].

No menos errónea es la concepción dualista del paralelismo sicofísico, según la cual los procesos síquicos y materiales (fisiológicos) son esencias absolutamente distintas y entre ellas existe un abismo. Algunos adeptos de esta concepción suponían que la correspondencia que observamos entre los procesos fisiológicos y síquicos ha sido preestablecida por Dios.

La conciencia no es una esencia especial, separada de la materia. Ahora bien, la imagen de un objeto creada en la cabeza del hombre no puede reducirse ni al propio objeto material, que se encuentra fuera del sujeto, ni a los procesos fisiológicos que se producen en el cerebro y engendran esa imagen. El pensamiento y la conciencia son reales. Pero no son la realidad objetiva, sino algo subjetivo, ideal.

La conciencia es una imagen subjetiva del mundo objetivo. Cuando hablamos de la subjetividad de la imagen tenemos en cuenta que no es un reflejo adulterado de la realidad, sino algo ideal, es decir, como señalaba Marx, lo material transpuesto a la cabeza del hombre y transformado en ella.


La cosa en la conciencia del hombre es una imagen, y la cosa real es su prototipo. «La diferencia fundamental entre el materialista y el partidario de la filosofía idealista —decía Lenin— estriba en que el primero toma la sensación, la percepción, la representación y, en general, la conciencia del hombre por una imagen de la realidad objetiva. El Universo es el movimiento de esa realidad objetiva, reflejada por nuestra conciencia. Al movimiento de las representaciones, de las percepciones, etc., corresponde el movimiento de la materia que está fuera de mí» [3].

La aparición, el funcionamiento y el desarrollo de la conciencia están unidos del modo más estrecho a la adquisición de conocimientos por el hombre acerca de unos u otros objetos y fenómenos. «El modo en que existe la conciencia —decía Marx
y en que algo existe para ella es el conocimiento... Algo surge para la conciencia en tanto en cuanto ésta conoce ese algo» [4]. Por consiguiente, la conciencia es imposible sin la actitud cognoscitiva del hombre ante el mundo objetivo. Al mismo tiempo, cuando hablamos de la conciencia nos referimos, en primer término, a su característica como actividad espiritual, como fenómeno ideal, distinto cualitativamente de lo material. El conocimiento es la actividad de la conciencia orientada a reflejar el mundo circundante.

No toda sique del hombre es consciente. El concepto de síquico es mucho más amplio que el concepto de conciencia. Los animales también tienen sique, mas carecen de conciencia. La vida síquica es propia de un niño recién nacido, pero éste no tiene todavía conciencia. Cuando un individuo se sume en el sueño y ve escenas caprichosas, se trata de fenómenos síquicos, pero no de la conciencia.

E incluso hallándose despierto, no todos sus procesos síquicos, ni mucho menos, están iluminados por la luz de la conciencia. La vida exige del hombre formas de conducta no sólo conscientes, sino también inconscientes, que le eximen de la participación constante de la conciencia donde ello no es necesario. Las formas inconscientes de conducta se basan en el registro latente de la información acerca de las propiedades y relaciones de las cosas. La gama de lo inconsciente es bastante amplia. Abarca las sensaciones, percepciones y representaciones cuando transcurren fuera del foco de la conciencia, y también los instintos, los hábitos, la intuición y la situación.

El problema de lo inconsciente ha sido siempre objeto de una enconada lucha entre el materialismo y el idealismo. Una de las doctrinas burguesas sobre lo inconsciente más difundidas en nuestros días es la del siquiatra austríaco Segismundo Freud. Este estudió en todos sus aspectos la esfera de lo inconsciente, determinó su lugar y su papel en las perturbaciones síquicas y concibió los métodos de influencia en ella para suprimirlas. Pero Freud afirmó erróneamente que la conciencia está determinada por lo inconsciente, que era para él un conjunto de aspiraciones instintivas cargado de alta energía. Según Freud, la estructura del individuo, su conducta y su carácter, así como toda la cultura humana, son determinados, en última instancia, por las emociones innatas de los hombres, por sus instintos e inclinaciones, cuyo núcleo es el instinto sexual.

El marxismo rechaza estas ideas irracionales sobre la vida espiritual del individuo, que hiperbolizan el papel de los factores biológicos, y afirma que el principio rector en la personalidad humana es la razón, la conciencia. A diferencia de los animales, en el hombre normal predomina el estado consciente de la sique.

La conciencia es un sistema cabal de elementos cognoscitivos, emocionales y volitivos distintos, pero estrechamente vinculados entre sí.

La imagen sensorial inicial, el factor más elemental de la conciencia, es la sensación, a través de la cual se establece el nexo directo del sujeto con la realidad objetiva. La sensación es el reflejo de algunas propiedades de las cosas del mundo objetivo durante su influjo directo en los órganos de los sentidos. Al destacar como factor principal en la sensación el reflejo de la cualidad, Lenin decía que «lo primero, lo primógeno es la sensación, y  e n  e l l a  hay también inevitablemente  c u a l i d a d» [5].


Las sensaciones del hombre reflejan el mundo real con una fidelidad relativa. Al ser el medio del nexo directo de la conciencia con el mundo, las sensaciones son, en fin de cuentas, la fuente de todos nuestros conocimientos acerca de los objetos y fenómenos. Lenin definió las sensaciones como transformación de la energía de la excitación exterior en el hecho de la conciencia. La pérdida de la capacidad de sentir conduce inevitablemente a la pérdida de la conciencia.

Mientras que las sensaciones reflejan únicamente algunas propiedades de las cosas, la cosa en su conjunto, en la unidad de sus diversas propiedades reproducidas sensorialmente, se refleja en la percepción. En el hombre, la percepción comprende de ordinario el discernimiento de los objetos, de sus propiedades y relaciones. Por eso, el carácter de la percepción depende del nivel de conocimientos que posee el hombre, de sus intereses.

El proceso del reflejo sensorial no se limita a las sensaciones y las percepciones. La forma superior del reflejo sensorial es la representación: el conocimiento imaginativo de objetos que percibimos en el pasado, pero que no influyen en un momento dado en nuestros órganos de los sentidos. Las representaciones surgen como resultado de la percepción de los influjos exteriores y de su conservación después en la memoria.

Las imágenes con que opera la conciencia humana no son sólo una reproducción de lo percibido por los sentidos. El hombre puede combinar con espíritu creador y crear con una libertad relativa nuevas imágenes en su conciencia. La forma superior de representación es la imaginación creadora, productiva.

La libertad relativa con respecto a la influencia directa del objeto y la sintetización del conjunto de señales de los órganos de los sentidos en una imagen gráfica única hacen que la representación sea un grado importante del proceso de reflejo, que va de las sensaciones al pensamiento teórico. El materialismo dialéctico admite la diferencia cualitativa entre la representación y el pensamiento, pero no los separa. Lenin decía, al definir la dialéctica de la relación mutua entre la representación y el pensamiento: «¿La representación está  m á s  c e r c a  de la realidad que del pensamiento? Sí y no. La representación no puede captar el movimiento  e n  s u  t o t a l i d a d; por ejemplo, no capta el movimiento que tenga una velocidad de 300.000 km. por segundo; pero el pensamiento lo capta y debe captarlo» [6].

El pensamiento teórico, que tiene la forma de conceptos, juicios y deducciones, es un reflejo de las relaciones esenciales, regulares, entre las cosas.

Para el pensamiento están abiertos aspectos del mundo que son inaccesibles a la percepción sensorial. Sobre la base de lo visible, lo tangible, lo audible, etc., gracias a la actividad mental penetramos en lo invisible, intangible e inaudible. El pensamiento nos proporciona conocimientos sobre las propiedades, los nexos y las relaciones profundos. Con su ayuda efectuamos la transición dialéctica de lo exterior a lo interior, de los fenómenos a la esencia de las cosas, de los procesos, etc. El pensamiento, como forma superior de la actividad reflexiva, está presente al mismo tiempo en el grado sensorial: al sentir y percibir algo, el hombre piensa ya, toma conciencia de los resultados de las percepciones sensoriales.

La conciencia no es solamente un proceso cognoscitivo y su resultado, el conocimiento. Es, a la vez, una vivencia de lo cognoscible, una valoración determinada de las cosas, las propiedades y las relaciones. E1 sentido está vinculado también a la conciencia. Sin las vivencias emocionales, que ayudan a movilizar o frenar nuestras fuerzas, es imposible una u otra actitud ante el mundo. «Sin «emociones humanas» nunca ha habido, ni habrá jamás, búsqueda humana de la verdad» [7].

El «resorte» motriz de la conducta y la conciencia de los hombres es la necesidad: la dependencia concreta del individuo respecto del mundo exterior, las demandas subjetivas que presenta al mundo objetivo, su necesidad de objetos y condiciones imprescindibles para su actividad vital normal, para su autoafirmación y desarrollo. La cognición lleva en sí el reflejo en forma de imagen y en forma de aspiración. Como reflejo que es de la realidad, la imagen no existe fuera del individuo históricamente concreto, con sus peculiaridades personales, con su singular mundo interior, que refleja los rasgos particulares de su camino en la vida, de su educación, etc.

Un aspecto importante de la conciencia es la autoconciencia. La vida exige al hombre no sólo que conozca el mundo exterior, sino también que se conozca a sí mismo. Al reflejar la realidad objetiva, el individuo toma conciencia no sólo de este proceso, sino también de sí mismo como ser que siente y piensa, de sus ideales, sus intereses y su fisonomía moral. Se destaca del mundo circundante, dándose cuenta de su relación con él, de que siente, piensa y hace. La autoconciencia aparece cuando el hombre toma conciencia de sí mismo como individuo. La autoconciencia se forma bajo el influjo del modo social de vida, el cual requiere del hombre que controle sus acciones y responda de sus actos.

La conciencia no tiene sólo existencia introindividual. Se objetiviza y existe supraindividualmente: en los descubrimientos de la ciencia, en las obras de arte, en las normas jurídicas, morales, etc. Todas estas manifestaciones de la conciencia social son condición ineludible para que se forme la conciencia individual. La conciencia individual y la social están unidas de manera indisoluble. La conciencia de cada individuo hace suyos los conocimientos, las convicciones, las creencias y las apreciaciones del medio social en que vive.

El hombre es un ser social. El modo de pensar, las normas jurídicas y morales, los gustos estéticos, etc., que han cristalizado históricamente, forman la conducta y la razón del hombre, hacen de él un representante de determinado modo de vida, de determinado nivel cultural y de determinada sicología. «Si el hombre es un ser social por naturaleza, quiere decirse que sólo en la sociedad puede desarrollar su verdadera naturaleza, debido a lo cual debemos medir el poder de su naturaleza no por los individuos concretos, sino por la fuerza de toda la sociedad» [8]. Las facultades y propiedades síquicas del individuo se forman en el proceso de su vida en la sociedad y son determinadas por las condiciones sociales concretas.


Incluso el hecho de que el hombre tome conciencia de sí mismo como tal está condicionado siempre por su actitud ante los demás individuos. El hombre se convierte en un ser consciente, se eleva al nivel de lo personal, a las cimas del pensamiento de su época sólo en el curso del desarrollo social.

El principio de partida de la interpretación dialéctica materialista de la conciencia es el reconocimiento del nexo indisoluble que existe entre la conciencia y la actividad práctica.

La conciencia y el mundo objetivo son dos contrarios que forman la unidad. La base de esta unidad es la práctica, la intensa actividad sensorial concreta de los hombres, que se manifiesta en el trabajo, en la lucha de clases, en el experimento científico, etc. Precisamente ella engendra la necesidad de reflejar la realidad en la conciencia de los hombres. La necesidad de la conciencia, que proporciona un reflejo fiel del mundo, radica, por consiguiente, en las condiciones y exigencias de la propia vida social. Aunque la conciencia es función del cerebro, no es éste el que toma conciencia de la realidad por sí mismo, sino el hombre, que actúa como sujeto de la actividad transformadora, como sujeto de la historia. Así pues, la esencia de la conciencia humana no puede ser revelada partiendo sólo de las propiedades anatómico-fisiológicas del cerebro. La conciencia puede surgir, funcionar y desarrollarse únicamente en la sociedad, sobre la base de la actividad práctica de los hombres.

El mundo objetivo, al influir sobre nosotros, se refleja en la conciencia y se transforma en lo ideal. A su vez, la conciencia, lo ideal, se transforma en realidad, en lo real, por medio de la actividad práctica. «El pensamiento de la transformación de lo ideal en lo real es profundo: es muy importante para la historia. Pero también en la vida personal del hombre se ve cuánta verdad hay en ello» [9].

La conciencia se caracteriza por la actitud activa creadora, respecto al mundo exterior, respecto a sí misma y a la acción humana. La actividad de la conciencia se manifiesta en que el hombre refleja el mundo exterior de una manera concreta, selectiva. Reproduce en su mente los objetos y fenómenos a través del prisma de los conocimientos ya adquiridos: de las representaciones y los conceptos. La realidad es recreada en la conciencia humana no en un aspecto inerte, como reflejada en un espejo, sino transformada de modo creador. La conciencia tiene la facultad de crear imágenes, ideas que se anticipan a la realidad.

El cerebro humano está organizado de tal modo que no sólo puede recibir, conservar y elaborar la información, sino, además, formular el plan de acción y dirigir esta acción de una manera eficaz, creadora.

La acción del hombre tiende siempre a lograr un resultado final, es decir, un objetivo concreto. Cualquier acto importante del hombre representa la solución de tal o cual problema vital, la realización de este o aquel propósito. Entre cada etapa precedente y sucesiva del proceso de la acción y de la actividad en su conjunto existe una concordancia más o menos precisa, ya que todo este proceso está predeterminado por el objetivo, por el plan. Al hablar de la diferencia que existe entre la actividad laboral del hombre y la conducta de los animales, Marx subrayaba que el hombre no se limita a cambiar la forma de lo que ha dado la naturaleza: al mismo tiempo, en lo dado por la naturaleza realiza su propio objetivo consciente, que determina como una ley el modo y el carácter de sus acciones y al cual debe someter su voluntad. El fin que el hombre trata de alcanzar es lo que debe ser creado, pero que todavía no existe en la realidad. Ese fin es el modelo ideal de lo futuro deseado. La acción, la conducta del hombre tiene su premisa en dos procesos estrechamente ligados entre sí: uno es el planteamiento del objetivo, o sea, la previsión, la pronosticación, la anticipación de lo futuro, que dimana del conocimiento de los correspondientes nexos y relaciones de las cosas; el otro es la programación, la planificación de la actividad que debe conducir a realizar el objetivo.

La presuposición del objetivo, es decir, la previsión de «para qué» y «por qué» el hombre realiza sus acciones, es condición ineludible de todo acto consciente. Ahora bien, como señaló ya Hegel, «la esencia de la acción se agota no con su objetivo, sino con su realización» [10]. La realización del objetivo presupone el empleo de medios, es decir, de lo que se crea y existe para conseguir el fin propuesto. Fuera de la unión con los medios, el objetivo no es más que un impulso bueno e impotente, una aspiración estéril.

Ayudado por la razón, el hombre crea con afán e inventiva medios cada día más poderosos y complejos, poniéndolos en movimiento para alcanzar sus numerosos fines. Gracias a los inventos técnicos, obliga a los objetos y a las fuerzas de la naturaleza a cooperar entre sí, transformándolos en medios que le permiten realizar sus objetivos.

El hombre crea lo que la naturaleza no había producido antes de él. El diseño, las proporciones, las formas y las propiedades de las cosas transformadas y creadas por los hombres están dictadas por las necesidades y los objetivos de estos últimos, son la plasmación de los proyectos e ideas humanos. El sentido vital fundamental y la necesidad histórica del surgimiento y desarrollo de la conciencia radican precisamente en la actividad creadora y reguladora orientada a transformar el mundo y subordinarlo a los intereses del individuo, de la sociedad. El hombre no está interesado en los conocimientos de por sí, en la adaptación pasiva a la realidad, sino en la actividad práctica que transforma el mundo, a la que el conocimiento sirve como medio necesario. Esto no significa en absoluto que la inteligencia humana cree a partir de sí misma. La inteligencia toma del ser existente, de la naturaleza circundante, todo lo imprescindible para la creación. Lenin tenía en cuenta precisamente este papel activo, creador y transformador de la conciencia cuando decía: «La conciencia del hombre no sólo refleja el mundo objetivo, sino que lo crea... El mundo no satisface al hombre y éste decide cambiarlo por medio de su actividad» [11].


3. Evolución de las formas del reflejo

La facultad del cerebro humano de reflejar la realidad es resultado de un largo desarrollo de la materia altamente organizada.

En filosofía y en sicología existen concepciones erróneas, según las cuales el propio problema del surgimiento de la conciencia a partir de sus premisas biológicas desaparece al reconocerse la existencia de sique solamente en el hombre. Esta concepción se remonta a Descartes, quien suponía que los animales no eran otra cosa que máquinas complejas. Una posición diametralmente opuesta adoptan quienes consideran que no sólo los animales, sino toda la naturaleza es animada (J. Robinet y otros). Entre estas concepciones extremas, que admiten la existencia de la sique o sólo en el hombre o en toda la materia, existe la posición intermedia, llamémosla así, del «biosiquismo», según la cual la sique es una propiedad exclusiva de la materia viva (E. Haeckel y otros).

Al materialismo dialéctico le son ajenos tanto el reconocimiento de la animación universal de la materia como la idea de que la sique es inherente sólo al hombre. Tampoco comparte la posición del «biosiquismo». El materialismo dialéctico arranca de que el reflejo síquico del mundo exterior es una propiedad de la materia que sólo se manifiesta cuando lo vivo alcanza un alto nivel de desarrollo, cuando se forma el sistema nervioso.

Reflexionando sobre los orígenes de la conciencia, Lenin expresó la idea de que la sensación, manifestada en forma clara, está vinculada únicamente a las formas superiores de la materia y que «en los cimientos del propio edificio de la materia» existe una facultad semejante a la sensación: la facultad del reflejo.

El reflejo, como propiedad general de la materia, está condicionado por el hecho de que los objetos y fenómenos se encuentran en concatenación e interacción universales. Al influir unos en otros producen tales o cuales cambios. Estos cambios se manifiestan como cierta «huella» que fija las peculiaridades del objeto o fenómeno influyente. Por ejemplo, algunos fósiles conservan con toda claridad huellas de peces y plantas antiquísimos. Las formas del reflejo dependen de la especificidad y del nivel de organización estructural de los cuerpos que participan en la interacción. El contenido del reflejo se manifiesta en los cambios operados en el objeto reflector y en los aspectos del objeto y fenómeno influyente que dichos cambios reproducen.


La correlación entre los resultados del reflejo («huellas») y el objeto reflejado (influyente) puede manifestarse como isomorfismo y como homomorfismo. Se entiende por isomorfismo el parecido entre cualesquiera objetos, la semejanza de su forma y estructura, como ocurre, por ejemplo, en una fotografía. La imagen isomórfica es una reproducción adecuada del original. Al hablar de homomorfismo se tiene en cuenta solamente un reflejo aproximado, por ejemplo, la representación del terreno en un mapa.

El reflejo es propio de la materia a todos los niveles de organización, pero las formas superiores del reflejo están vinculadas a la materia viva, a la vida. ¿Qué es la vida? Una forma especial, compleja, de movimiento de la materia. Sus rasgos más importantes son la excitabilidad, el crecimiento y la reproducción, basados en el metabolismo. Este último precisamente es la esencia de la vida. El metabolismo está ligado a un determinado substrato (en las condiciones de la Tierra, a las albúminas y los ácidos nucleicos).

La vida es, ante todo, un proceso de acción recíproca del organismo y del medio que lo rodea. En nuestro planeta, la vida está representada en forma de una cantidad infinita de organismos diversos, desde los más simples hasta los más complejos, como el hombre. En el proceso de la evolución biológica, paralelamente a la complicación de su estructura y de su conducta, se perfeccionan también las formas del reflejo propias de la materia viva. En los organismos, el reflejo y sus formas dependen directamente, en primer término, del carácter y el nivel de su conducta, de su actividad. En el curso de su perfeccionamiento, en los seres vivos surgen y se desarrollan los órganos de los sentidos y el sistema nervioso. Al mismo tiempo, la actividad misma depende de la influencia reguladora del reflejo.

La forma elemental e inicial del reflejo, propia de todos los organismos vivos, es la excitabilidad. Se manifiesta en la reacción selectiva de los cuerpos vivos ante las influencias externas (la luz, los cambios de temperatura, etc.). Al alcanzar un nivel más elevado la evolución de los organismos vivos, la excitabilidad se transforma en una propiedad cualitativamente nueva, la sensibilidad, es decir, la capacidad de reflejar diversas propiedades de las cosas en forma de sensaciones.


El reflejo alcanza un nivel más alto en los vertebrados. En ellos surge la capacidad de analizar conjuntos complejos de estímulos que actúan simultáneamente y de reflejarlos en forma de percepciones, de imágenes cabales de la situación. Las sensaciones y las percepciones, como hemos dicho antes, son imágenes de las cosas. Esto significa la aparición de formas elementales de la sique como función del sistema nervioso y forma original del reflejo de la realidad.

Habitualmente se distinguen dos tipos, estrechamente ligados entre si, de conducta de los animales: la instintiva (innata), que se transmite por herencia, y la adquirida individualmente. Es inherente a los animales la capacidad de reflejar propiedades de los objetos del mundo circundante que tienen significación biológica (es decir, que ayudan a satisfacer las necesidades de alimentos, a esquivar los peligros, etc.).

Al perfeccionamiento de esta capacidad está vinculada la aparición de distintas formas complejas de conducta. En los animales superiores —los monos—, esas formas se manifiestan, por ejemplo, en la búsqueda de rodeos para lograr el objetivo y en el empleo de diversos objetos como instrumentos: en una palabra, en lo que en el lenguaje cotidiano se denomina «inteligencia» de los animales.

El alto nivel de desarrollo de la sique de los animales prueba que la conciencia del hombre tiene premisas biológicas y que entre el hombre y sus antepasados animales no se abre un abismo infranqueable, sino que existe cierta continuidad. Sin embargo, esto no significa en modo alguno identidad de su sique.


4. La conciencia y el lenguaje, su origen y concatenación

El origen de la conciencia y del lenguaje está vinculado a la transición de nuestros antepasados antropoides de la apropiación —con ayuda de los órganos naturales— de objetos ya preparados al trabajo, a la fabricación de instrumentos artificiales, a las formas humanas de actividad vital y a las relaciones sociales, surgidas sobre la base de esta actividad. El paso a la conciencia y al lenguaje representa un grandioso salto cualitativo en el desarrollo de la sique.

La sique de los animales les ayuda a orientarse en el medio mutable y a adaptarse a él; sin embargo, los animales no pueden transformar con claridad de objetivos y sistemáticamente el mundo que los rodea. El trabajo como actividad orientada a un fin concreto es la condición fundamental de toda la vida humana y de la formación de la conciencia. El trabajo, dice Engels, «es la condición básica y fundamental de toda la vida humana, y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre» [12]. La forma inicial del trabajo es el proceso de preparación de instrumentos de madera, de piedra, de hueso, etc., y la producción, con su ayuda, de medios de existencia. También los animales pueden utilizar objetos diversos como instrumentos de trabajo. Por ejemplo, los monos toman a veces una piedra y parten con ella una nuez, alcanzan con un palo una golosina, etc. Sin embargo, ningún mono ha preparado siquiera el instrumento más primitivo.

Hace cerca de un millón de años, nuestros antepasados antropoides vivían en los árboles. El cambio de las condiciones naturales les obligó a llevar otro género de vida: empezaron a bajar de los árboles al suelo. En la nueva situación tuvieron que usar sistemáticamente piedras, palos y huesos de grandes animales para defenderse de las fieras y, más tarde, para atacar a otros animales. La necesidad de emplear sistemáticamente instrumentos les obligó a pasar de modo gradual a trabajar los materiales que encontraban en la naturaleza, a fabricar los instrumentos mismos. Todo ello desembocó en un cambio sustancial de la función que desempeñaban las extremidades anteriores. Estas fueron adaptándose a nuevas y nuevas operaciones y se convirtieron en instrumentos naturales de la actividad laboral.

Las manos, al desarrollarse en el proceso de la actividad laboral, influyeron en el perfeccionamiento de todo el organismo, incluso del cerebro. La conciencia pudo surgir sólo como una función del cerebro complejamente organizado, que se formó bajo el influjo del trabajo y del lenguaje.


«Primero el trabajo y después, y junto con él, la palabra articulada fueron los dos estímulos más importantes bajo cuya influencia el cerebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano...» [13]

Bajo el influjo del trabajo, y en relación con el desarrollo del cerebro, fueron perfeccionándose también los órganos de los sentidos del hombre: el tacto se hizo más exacto y fino, el oído adquirió la capacidad de percibir las diferencias y semejanzas más sutiles de los sonidos del lenguaje humano y la vista aumentó en agudeza. El águila, dijo Engels, ve bastante más lejos que el hombre, pero el ojo humano observa en las cosas mucho más que el ojo del águila.

La lógica de las acciones prácticas fue registrándose en la cabeza y transformándose en lógica del pensamiento. Se formó la facultad de presuposición del fin.

En las etapas iniciales, la comprensión por el hombre de sus actos y del mundo circundante tuvo un carácter limitado, no rebasó el marco de las representaciones sensoriales, de sus combinaciones y sintetizaciones simples. La conciencia fue al principio únicamente la comprensión del medio más inmediato percibido por los sentidos, de las relaciones directas con otros hombres. Posteriormente, al complicarse las formas del trabajo y de las relaciones sociales, se formó la capacidad de pensar en forma de conceptos, juicios y deducciones que reflejaban nexos cada vez más profundos y variados entre los objetos y fenómenos de la realidad.

El surgimiento de la conciencia está unido directamente al nacimiento del lenguaje, de la palabra articulada, que expresa en una forma material las representaciones, los pensamientos de los hombres. Igual que la conciencia, el lenguaje sólo pudo formarse en el proceso del trabajo, que requería acciones conjuntas y coordinadas de los hombres, y no podía efectuarse sin el estrecho contacto, sin la comunicación permanente entre ellos.

El lenguaje fue precedido de un largo período de desarrollo de las reacciones sonoras y motrices de los animales. Ahora bien, los animales no necesitan la comunicación con palabras. Y lo poco que los animales, «incluso los más desarrollados, tienen que comunicarse los unos a los otros puede ser transmitido sin la palabra articulada» [14]. Los sonidos y los gestos de los animales, que expresan uno u otro estado emocional suyo y son la respuesta a este o aquel estímulo (por ejemplo, la proximidad del peligro, la existencia de alimento, etc.), no designan de ordinario el objeto mismo como tal, no hablan de qué fenómeno precisamente los ha originado. El lenguaje del hombre es algo distinto por completo: designa los objetos, sus propiedades y relaciones y, con ello, sirve como importantísimo medio de comunicación mutua de los hombres y como instrumento de su pensamiento.

Al percibir un objeto, al imaginárselo o pensar en él, el hombre designa ese objeto con una palabra, cuyo significado tiene un carácter generalizado y es conocido por los miembros de la comunidad de que se trate. Y esto es precisamente condición indispensable de la comprensión mutua entre los hombres y de la comprensión por el hombre de la realidad y de sí mismo.

El lenguaje es una actividad que se realiza con la ayuda de la lengua, es decir, de un determinado sistema de medios de comunicación. Existen distintos tipos de lenguaje: hablado, escrito e interno (el lenguaje sin sonidos, invisible, que es una forma material de la conciencia cuando el hombre piensa en algo «para sus adentros», como suele decirse).

Las unidades fundamentales del lenguaje son la palabra y la oración. La palabra representa la unidad del significado y el sonido. El aspecto material de la palabra (el sonido, la escritura) designa el objeto y es un signo. En cambio, el significado de la palabra refleja el objeto y es una imagen sensorial o mental. La oración es la forma material, la portadora de un pensamiento, de un juicio, más o menos acabado.

Con la ayuda del lenguaje se pasa de la contemplación viva, de la cognición sensorial, al pensamiento generalizado, abstracto. «Toda palabra (oración) ya generaliza...» [15] Al objetivar sus pensamientos y sensaciones en el lenguaje, igual que si los colocara delante de sí, el hombre los somete a un análisis como un objeto que se encuentra fuera de él.


El problema de la conciencia y del lenguaje atrajo desde tiempos lejanos la atención de los filósofos y suscitó enconadas disputas entre ellos. Unos pensadores (como el filósofo alemán F. Schleiermacher) identificaban por completo el lenguaje y el pensamiento, afirmando que la razón es la lengua. Otros (por ejemplo, el filósofo alemán F. Beneke) separaban la conciencia del lenguaje y opinaban que el pensamiento se realiza sin el lenguaje, que éste es un producto del pensar.

El marxismo considera la conciencia en estrecha conexión con el lenguaje, con la palabra. Al poner de manifiesto la correlación existente entre el lenguaje, la conciencia y la realidad, Marx y Engels señalaban que «ni los pensamientos ni el lenguaje forman por sí mismos un reino aparte... son, sencillamente, expresiones de la vida real» [16]; «la realidad inmediata del pensamiento es el lenguaje» [17]. De la misma manera que el lenguaje no existe fuera del pensamiento, el pensamiento, la idea, no existen aislados del lenguaje. Separar el pensamiento del lenguaje conduce ineluctablemente, por una parte, a falsear la conciencia, al privarse a ésta de los medios materiales de su formación y realización, y, por otra parte, a interpretar el lenguaje, la palabra, como una esencia que se basta a sí misma, que se encierra en sí misma y está apartada de la vida de la sociedad, del desarrollo de la cultura.

La conciencia y el lenguaje están unidos, pero forman una unidad internamente contradictoria de fenómenos diferentes. La conciencia refleja la realidad, en tanto que el lenguaje la designa y expresa el pensamiento. Al adoptar una forma lingüística, los pensamientos, las ideas, no pierden su originalidad.

Como hemos dicho ya, la conciencia surgió históricamente al mismo tiempo que el lenguaje y sobre la base material de éste; en cada individuo se forma en unidad indisoluble con la actividad verbal. El lenguaje es un medio poderoso de desarrollo de la conciencia humana.

En el lenguaje, nuestras representaciones, pensamientos y sensaciones adquieren una forma material, perceptible sensorialmente, con lo que dejan de ser patrimonio individual para convertirse en patrimonio de otras personas, de la sociedad. Y esto transforma el lenguaje en un poderoso instrumento de influencia de unos hombres sobre otros, de la sociedad sobre el individuo.

Mientras que la experiencia específica de los animales se transmite con el concurso del mecanismo de la herencia —lo que condiciona un ritmo extraordinariamente lento del progreso—, la experiencia de los seres humanos, los diferentes métodos de influencia en el mundo, se transmite por medio de los instrumentos de trabajo y del lenguaje. A la par con el factor biológico —la herencia—, el hombre elaboró un procedimiento más poderoso y, además, directo de transmisión de la experiencia: el procedimiento social, que aceleró en muchas veces el progreso de la cultura material y espiritual.

Merced al lenguaje, la conciencia se forma y desarrolla como un fenómeno social, como un producto espiritual de la vida de la sociedad. En su calidad de medio de comunicación mutua de los seres humanos, de intercambio de experiencias, conocimientos, sentimientos e ideas, el lenguaje vincula a los hombres no sólo de un grupo social concreto y no sólo de una generación, sino también de generaciones diferentes. Así se crea la continuidad de las épocas históricas.

Los filósofos idealistas afirman que la conciencia se desarrolla de sus fuentes internas y que, por ello, puede ser comprendida exclusivamente a partir de sí misma. El materialismo dialéctico, por el contrario, arranca de que la conciencia no puede ser considerada aisladamente de los demás fenómenos de la vida social. La conciencia no está encerrada en sí misma, sino que se desenvuelve y cambia en el proceso de evolución histórica de la sociedad. Aunque la conciencia se remonta en su genealogía a las formas biológicas de la sique, no es un producto de la naturaleza, sino un fenómeno sociohistórico. No es en el cerebro como tal donde radican las causas de que surjan en el hombre las sensaciones, los pensamientos y los sentimientos. Por sí sólo, el cerebro tal y como sale de «las manos de la naturaleza», no puede pensar como lo hacen los seres humanos. Le enseña a hacerlo la sociedad. El cerebro deviene en órgano de la conciencia sólo en las condiciones de vida social, en las condiciones en que el hombre transforma la realidad condiciones que nutren el cerebro humano con los frutos de la cultura —la cual se forma y desarrolla históricamente— y le obligan a funcionar en la dirección determinada por las demandas de la vida social y lo orientan a plantear y resolver los problemas que necesita el individuo, la sociedad.


5. Acerca del modelado del pensamiento

La cibernética —ciencia que trata de los complejos sistemas dinámicos autorregulados— ha hecho una aportación sustancial a la cognición de la naturaleza del reflejo, de la conciencia. Entre esos sistemas figuran los organismos vivos, los órganos, las células, las agrupaciones de individuos biológicos, la sociedad y ciertos dispositivos técnicos. Es peculiar de todos ellos la facultad de recibir información, tratarla, recordarla, actuar según el principio de la reacción y, sobre esta base, efectuar la dirección.

¿Qué es, pues, la información? ¿Qué relación tiene con el reflejo? En torno a estas cuestiones no existe unidad de criterio. Unos científicos se inclinan a identificar por completo la información y el reflejo; otros, en cambio, opinan que la información y el reflejo son conceptos afines, pero no idénticos.

En el proceso de la reflexión se transmite ineluctablemente información, es decir, se transfiere de un objeto a otro una ordenación determinada (estructura, forma), sobre la base de la cual se puede juzgar de tales o cuales rasgos y propiedades del objeto influyente.

Cada nivel de organización de la materia tiene sus propios procesos informativos específicos. En la naturaleza inorgánica se produce un intercambio de información, pero ésta no es descifrada. La facultad no sólo de recibir, sino de utilizar activamente la información es una propiedad fundamental de la naturaleza orgánica. En los animales surge una actividad especial de adaptación —la conducta—  y, junto con ella, el gobierno, inconcebible sin el aprovechamiento de la información. En cibernética se entiende por gobierno la regulación del funcionamiento de un sistema (gobernado), basada en un determinado programa, por parte de otro sistema (gobernante). Así, el cerebro es un sistema gobernante, y los órganos del movimiento, por ejemplo, un sistema gobernado.

La información se transmite con la ayuda de ciertas señales, es decir, de procesos materiales (impulsos de la corriente eléctrica, oscilaciones electromagnéticas, olores, sonidos, colores, etc.). La señal, que posee una estructura determinada, puede por ello ser portadora de tal o cual información. La información es el contenido de la señal.

La construcción de computadoras electrónicas, que efectúan diversas operaciones mentales, se basa en el principio de la transmisión de información por medio de señales. Al surgir estas máquinas, que ayudan al hombre a tratar torrentes inmensos de información, ha adquirido gran actualidad el problema de si es posible modelar el pensamiento con el concurso de máquinas, de qué semejanzas y diferencias existen en los procesos que se operan en los dispositivos modeladores y en el cerebro humano.

En la actualidad se modelan en máquinas diversas funciones de la sique humana. Así, hay máquinas que «reconocen» las imágenes visuales. Es cierto que sólo pueden «reconocer» una clase limitada de objetos, que fue introducida en ellas durante el proceso de su «aprendizaje» o «autoaprendizaje». La diferencia de principio entre la percepción humana y la función «recognoscente» de la máquina consiste en que, en el primer caso, el resultado es una imagen subjetiva del objeto, y en el segundo, un código de distintos rasgos del objeto, necesarios para que la máquina pueda resolver ciertos problemas.

El modelado de la memoria es el que da ahora mayores resultados prácticos. Se crean máquinas que memoran con una rapidez extraordinaria. Pueden retener en su «memoria» la información todo el tiempo que se quiera y reproducirla con irreprochable exactitud. Al mismo tiempo, las máquinas poseen un volumen de «memoria» bastante grande. Pero su «memoria» se diferencia sustancialmente de la memoria humana. En el cerebro del hombre existe un sistema semántico de invocación de la memoria, que permite extraer la información necesaria sin revisarla totalmente desde el comienzo hasta el fin. Merced a esta organización semántica de los conocimientos (y no gracias a la rapidez de los procesos fisiológicos) se consigue su velocidad de reproducción en la memoria humana. La información acumulada por el hombre no es un «almacenamiento» mecánico de ella, sino un proceso orientado a un fin concreto, consciente.

El modelado de la actividad mental propiamente dicha ofrece resultados no menos sorprendentes que el modelado de la percepción y la memoria. En nuestros días, las máquinas efectúan con todo éxito operaciones mentales como, por ejemplo, demostrar teoremas geométricos, traducir de un idioma a otro, jugar al ajedrez, etc.

Las máquinas pueden deducir lógicamente teoremas geométricos si en su «memoria» se introduce, en forma de programa, los axiomas y las premisas necesarios. Pero cumplen esta tarea gracias exclusivamente a la rapidez de funcionamiento. Sólo después de haber repasado todas las posibilidades, todas las variantes, la máquina elige, por último, la que es exacta.

Al resolver un problema de acuerdo con ciertas reglas, la máquina no penetra en la propia esencia del problema. Nos encontramos solamente ante el cumplimiento al pie de la letra de una orden recibida y el «desconocimiento» de las consecuencias. Pero el hombre, al actuar, piensa de ordinario en los resultados y las consecuencias de sus acciones tanto para él mismo como para los demás. Y se guía por diversos motivos de carácter social, ausentes en las máquinas.

Los dispositivos cibernéticos modelan con gran éxito el mecanismo, inherente al hombre, del pensamiento lógico formal. Sin embargo, dicho mecanismo está lejos de agotar la conciencia del hombre. Esta última se caracteriza por la flexibilidad dialéctica y la exactitud en la solución de los problemas, no condicionadas por ningún sistema rígido de reglas formales.

Importa, a este respecto, tener presente que la capacidad de pensar que posee el hombre se forma a través de su conocimiento de la cultura acumulada a lo largo de la historia, a través de la educación y la instrucción, a través de una actividad determinada con ayuda de medios y métodos creados por la sociedad. La riqueza del mundo interior del hombre es una consecuencia de la riqueza y diversidad de sus vínculos sociales. Por eso, para que fuera posible modelar por completo la conciencia del hombre, su estructura y todas sus funciones, no bastaría con reproducir únicamente la estructura del cerebro. Para ello serla necesario reproducir la lógica de toda la historia del pensamiento humano y, en consecuencia, repetir todo el camino histórico de desarrollo de la humanidad y proveerlo de todas las necesidades, incluidas las necesidades políticas, morales, estéticas, etc.

El hombre como ser dotado de conciencia surge en el curso del desarrollo social. Por eso, el problema del hombre y de su conciencia no es tanto un problema de las ciencias naturales y de la cibernética como un problema de la filosofía y sociología.

Por consiguiente, el análisis del problema de la conciencia, de sus peculiaridades y su origen, de su conexión con el cerebro y el lenguaje confirma la justedad del postulado marxista-leninista sobre la esencia refleja y el carácter sociohistórico de la conciencia.





Notas

[1] K. Vogt. Cartas fisiológicas, ed. en ruso, S. Petersburgo, 1867, pág. 298.

[2] V. I. Lenin. Materialismo y empiriocriticismo. (O.C., t. 18, pág. 257.)

[3] Ibíd., págs. 282-283.

[4] C. Marx. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. (C. Marx y F. Engels. De las primeras obras, ed. en ruso, Moscú, 1956, pág. 633.)

[5] V. I. Lenin. Cuadernos filosóficos. (O.C., t. 29, pág. 301.)

[6] Ibíd., pág. 209.

[7] V. I. Lenin. Comentario. (O.C., t. 25, pág. 112.)

[8] C. Marx y F. Engels. La Sagrada Familia. (C. Marx y F. Engels. Obras, t. 2, pág. 146.)

[9] V. I. Lenin. Cuadernos filosóficos. (O.C., t. 29, pág. 104.)

[10] Hegel. Phänomenologie des Geistes. Berlín, 1964, S. 11.

[11] V. I. Lenin. Cuadernos filosóficos. (O.C., t. 29, págs. 194, 195.)

[12] F. Engels. El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. (C. Marx y F. Engels. Obras, t. 20, pág. 486.)

[13] Ibíd., pág. 490.

[14] Ibíd., pág. 489.

[15] V. I. Lenin. Cuadernos filosóficos. (O.C., t. 29, pág. 246.)

[16] C. Marx y F. Engels. La ideología alemana. (C. Marx y F. Engels. Obras, t. 3, pág. 449.)

[17] Ibíd., pág. 448.




Fuente: Fundamentos de filosofía marxista-leninista, Editorial Progreso, Moscú, 1977, t. I, pp. 104-129.



Digitalizado por M. I. Anufrikov para Partiynost

sábado, 25 de noviembre de 2017

El materialismo dialéctico sobre el psiquismo — P. Y. Galperin

Piotr Yakovlevich Galperin
(1902-1988)

 1. Lenin acerca del objeto de cada ciencia en particular

Una de las causas de inconsistencia de las ideas (anteriormente comentadas) sobre el objeto de la psicología fue la incapacidad para distinguir los fenómenos psicológicos de la gran variedad de fenómenos no psicológicos que se mezclan con ellos. El problema del objeto de la psicología está estrechamente relacionado con la idea que se tiene del objeto de cada ciencia en particular y de la diferenciación de los objetos concretos, de las cosas, cuyos aspectos pueden interesar a dicha ciencia.

Estos aspectos fueron tratados por V. I. Lenin en una serie de trabajos, en los cuales encontramos el siguiente razonamiento: cada objeto tiene muchos aspectos, características, y a su vez cada aspecto constituye el objeto de estudio de ciencias independientes. Lenin señala en forma exacta cómo deben ser examinados estos diferentes aspectos para evitar una elección arbitraria de cualquiera de sus aspectos o combinar de manera ecléctica diferentes aspectos (también elegidos arbitrariamente). Una de estas indicaciones la encontramos en Los cuadernos filosóficos [1] (1914-1916), la cual ha sido desarrollada de manera notable en la extraordinaria intervención en La discusión sobre los sindicatos (1921).

En esta intervención, aclarando las diferencias entre la dialéctica, la lógica formal y lo ecléctico, V. I. Lenin da el siguiente ejemplo: «... llegan dos hombres y preguntan... que es un vaso... Uno de ellos responde: “Es un cilindro de cristal”... El segundo dice: “El vaso es un utensilio para beber”... Sin duda el vaso es un cilindro de vidrio y sirve para beber. Sin embargo, el vaso no tiene estas dos características o cualidades, sino que tiene una cantidad infinita de características diferentes, cualidades, aspectos interrelacionados y «mediatizados» con todo el mundo restante. El vaso es un objeto pesado que puede ser utilizado para lanzar. El vaso puede servir de pisapapel o como medio de cazar insectos, puede ser un objeto de valor por sus grabados o dibujos artísticos, independientemente de si sirve para beber, de si está hecho de vidrio o no, de si su forma es cilíndrica o no lo es.

Continuando más adelante en la explicación... Si yo necesito ahora un vaso, como instrumento para beber, para mí no es importante saber si tiene forma cilíndrica o si está hecho realmente de cristal; sin embargo, lo importante es que no tenga rajaduras que me puedan producir heridas en los labios. Si yo necesito un vaso no para beber, sino para llevar a cabo un estudio del cristal, no necesitaré un vaso intacto, sino que me servirá igualmente uno con grietas o incluso sin fondo» [2].

El vaso como proyectil puede ser objeto de estudio de la balística, como medio de cazar insectos, es objeto del equipo del entomólogo; como objeto de arte, es objeto de las artes aplicadas; como instrumento para beber, es objeto de uso doméstico, etc. De esta manera, una misma cosa puede llegar a ser objeto de estudio de ciencias diferentes; de la balística, de la entomología, del arte, de la técnica de producción, de economía política, etc. El vaso es un objeto concreto y las ciencias que lo estudian son muchas. Y cada ciencia estudia simplemente no el vaso y no «todo el vaso», es decir, no todos sus «aspectos», sino solamente uno de ellos (una totalidad determinada de características y de leyes), por lo cual cada ciencia por separado lo hace objeto de su estudio.

En la crítica al libro Metafísica, de Aristóteles, V. I. Lenin, en el libro 13, capítulo 3, escribe sobre el problema del objeto de cada ciencia en particular, y lo resuelve de manera clara, evidente, materialista: «La matemática y otras ciencias abstraen una de las partes de los aspectos del cuerpo, de los fenómenos, de la vida» [3].

No es difícil entender la profunda legitimidad de esta indicación leninista para cualquier objeto concreto y para cada ciencia: un mismo objeto puede ser estudiado por muchas ciencias y cada una distingue y separa «su» aspecto. Por eso es incorrecto señalar cualquier objeto (cosa, proceso, fenómeno) y decir que es objeto de estudio particular. Es incorrecto porque no hay nada que aclare qué es lo principal en ese objeto y qué puede y debe estudiar una ciencia determinada.

La diferenciación leninista del objeto en particular y de sus diferentes aspectos, cada uno de los cuales constituye el objeto de ciencias independientes, pone de manifiesto un error que encontramos en las definiciones tradicionales del objeto de la psicología como «fenómenos de conciencia», «conducta»; éstos son objetos concretos y no objetos de estudio de una sola ciencia. De manera intuitiva y convincente, nos parece que en los fenómenos de conciencia y en la conducta hay algo que debe y puede estudiar la psicología. Sin embargo, al no haberse diferenciado esa especificidad seguimos estando ante la indicación global, indiferenciada, de un objeto concreto y multifacético. La parte que constituye el objeto de la ciencia psicológica, cuyo estudio no puede ser reemplazado por otra ciencia, permanece indiferenciada. En esencia, el objeto de la psicología no solamente no ha sido definido, sino que ni siquiera ha sido delimitado. El señalar un objeto global (cosa, proceso o fenómeno) ha creado un peligro real, y es el pensar que la psicología estudia todo este objeto (todo lo psíquico, toda la conducta).

Pero, ¿acaso los fenómenos de conciencia y de la conducta son estudiados solamente por la psicología? Tomemos cualquier proceso psíquico, por ejemplo la percepción o el pensamiento: ¿son acaso estudiados solamente por la psicología? La teoría del conocimiento, la fisiología, la pedagogía, la estética, la historia del desarrollo (de las sociedades humanas y del niño), todas estas ciencias, cada una desde un aspecto particular, también investigan la percepción, el pensamiento y otros fenómenos psíquicos. Lo mismo sucede con el estudio de las sensaciones, de la imaginación, de la voluntad y de la memoria, etc. ¿A qué se debe adscribir todos estos aspectos de la actividad psíquica a la psicología, con preferencia sobre las otras ciencias que también los estudian? Es evidente que la sola indicación sobre los llamados procesos psíquicos es absolutamente insuficiente para diferenciar el objeto de estudio de la psicología, lo que ella debe estudiar verdaderamente.

Con mayor razón, todos estos planteamientos se hacen más evidentes en relación a la conducta. ¿Acaso la conducta no es estudiada por la ética, la biomecánica, la cibernética, la neurofisiología, la sociología, la estética, etc.? Es claro que cada una de estas ciencias la estudia en un aspecto particular. ¿Dónde se encuentra entonces la parte propiamente psicológica de la conducta? Mientras no sea diferenciada, el estudio de la conducta forma parte del «objeto de la psicología» (o más exactamente lo mantiene oculto), pero la conducta como tal no es su objeto de estudio. La «conducta simplemente» o «toda la conducta» no puede ser objeto de estudio de la psicología. Si el aspecto psicológico de la conducta se diferencia de todos los demás aspectos, entonces significa que no toda la conducta puede ser objeto de la psicología [4].

¿Qué es entonces lo que constituye el aspecto psicológico de los fenómenos de la conciencia y de la conducta? El mismo planteamiento del problema implica que nosotros necesitamos no solamente la determinación de un objeto de la psicología, sino también una delimitación exacta de las características por medio de las cuales pueda ser posible conocer y diferenciar el fenómeno psicológico. Incluso hasta ahora los fenómenos psicológicos han sido adivinados de una manera intuitiva; sin embargo, a partir de estos «fenómenos» «inmediatos», que son de otro orden diferente, no ha sido distinguido el objeto propio de investigación científica.

2. Lenin sobre el concepto de materia. Lo «físico» y lo «psíquico»

Fuera de los límites de una concepción dialéctico materialista de lo «psíquico», se han considerado y se siguen considerando aún como contrarios lo «físico» y lo «psíquico», dentro del dualismo del espíritu y la materia. Lo «físico» es definido como algo dado, inmediato, y lo «psíquico», como algo que permanece fuera de lo «físico». Así, el concepto inicial de la materia determinó también el concepto de lo «psíquico».

Sin embargo, en esta concepción antigua sobre la materia, el concepto filosófico de materia se cambió por un concepto físico, y lo físico a su vez fue reducido a una idea sobre la sustancia como conductor pasivo del impulso, de la fuerza, pero no como su fuente inicial. Por eso la fuerza era analizada como algo no material o no completamente material. Incluso la forma de los cuerpos materiales fue considerada no como una característica propia de ellos, sino como el resultado de la influencia de factores no materiales sobre su propia sustancia. La causa del movimiento y desarrollo en la naturaleza muerta y viva se buscó fuera de la materia; en hipótesis cosmogónicas se preguntaba sobre el impulso: en el desarrollo de los seres vivos veían la manifestación del «espíritu» el origen absoluto, contrario al cuerpo material. Incluso en la física de los tiempos modernos continuamente se hicieron intentos por suprimir la fuerza de la materia (Descartes y los cartesianos), o al contrario, reducir la misma materia a la acción de fuerzas (Leibniz, Boshovich), más tarde reducir la materia a la acción de la energía (Oswald), y de esta manera representarse la materia como algo no material en esencia.

A finales del siglo pasado, cuando se iniciaron grandes descubrimientos que revolucionaron la física (la permanencia de la velocidad de la luz en diferentes direcciones en relación al movimiento de la tierra, la radiactividad, la descomposición del átomo, etc.), esta concepción antigua, sensible y visible sobre la materia empezó a derrumbarse. Su hundimiento vino con el alborozo y el respaldo de los representantes del idealismo militante y fue anunciado por ellos como el derrumbamiento de la materia, como una refutación al materialismo por parte de la misma ciencia. El desenmascaramiento de esta «refutación» fue realizada brillantemente por Lenin [5], el cual señaló la existencia de los orígenes de esta «confusión mental» entre los naturalistas, o sea el cambio del concepto filosófico de materia por un concepto físico y la ausencia total del conocimiento del materialismo dialéctico.

El cambio de un concepto filosófico por un concepto físico consistió en que en vez de caracterizar a la materia como una realidad objetiva cognoscible, se la definió como el portador general de los fenómenos físicos (y solamente físicos). En esta generalización ilícita de algunas características físicas, como si ellas caracterizaran toda clase de materia, está implícita la base del dualismo entre lo «físico y lo psíquico», dejando fuera otros tipos y características de la materia. Naturalmente, en la medida en que se van desarrollando los conocimientos varían las concepciones sobre la estructura básica de los fenómenos físicos y las ideas anteriores resultan erradas; el hecho de negar la concepción antigua que se tenía de la materia es percibido por algunas personas como la negación de la misma materia.

Lenin subrayó que el concepto filosófico caracteriza a la materia solamente como una realidad objetiva, que existe en el tiempo y en el espacio independiente de la conciencia y que posee automovimiento. El materialismo dialéctico se abstiene conscientemente de dar cualquier indicación sobre una u otra estructura o propiedad de la materia física, concediendo la solución de estos problemas a las ciencias en concreto.

Sin embargo, un concepto filosófico de materia significa mucho. La existencia en el espacio y en el tiempo excluye de la realidad objetiva cualquier tipo de «espíritu», cuyo rasgo característico con el que ha sido definido es precisamente la no dependencia para su existencia o acción de las limitaciones espaciales y temporales.

El hecho de que la materia exista fuera de la conciencia excluye una interpretación idealista y subjetiva de la materia, ya sea como un «fenómeno» cuyo origen sea la conciencia humana o divina.

El automovimiento tal como se entiende en el pensamiento dialéctico-materialista significa, en primer lugar, el reconocimiento de una fuente interna de «origen» del movimiento y desarrollo, y en segundo lugar, implica una concepción del desarrollo como tránsito de los cambios cuantitativos a los cambios cualitativos con la formación de nuevas y nuevas formas de la naturaleza y de sus propiedades. En este sentido, el automovimiento como una de las propiedades fundamentales de la materia nos libera de la necesidad de buscar una unión causal para todo lo que existe fuera del mundo y que se construye en una cadena única evolutiva en formas cualitativamente diferentes de la materia. Cada una de estas formas procede de la anterior, pero no puede ser reducida a ella.

La primera definición exacta dialéctico-materialista realizada por Lenin del concepto de materia exige (no filosóficamente, sino en forma científica concreta) un total replanteamiento de los conceptos estrechamente ligados entre lo «físico», lo «ideal» y lo «psíquico»; y sobre todo de aquellos signos que diferencian el «espíritu» del «cuerpo», y los cuales, fuera del maternalismo dialéctico, sirven como base teórica del dualismo.


A Descartes le pertenece (en una retrospectiva histórica en ese entonces dudosa y en nuestros tiempos considerada negativa) el honor de haber señalado los signos exactos del dualismo. Descartes definió como señales diferenciadoras del cuerpo el devenir; y el «alma», el pensamiento (en el sentido de sensación, vivencia, conciencia de los propios procesos psíquicos). Cuando el cuerpo se halla reducido al devenir, inmediatamente se contrapone a las sensaciones, a las vivencias, las cuales parecen ser de un orden tan diferente que carece incluso de base para que puedan ser comparadas. Ante esta confrontación acerca de la relación que existe entre ellas y sobre el tránsito de la una (devenir) a la otra (sensación), es imposible limitarse solamente al reconocimiento de que «no sabemos» cómo se realiza dicho proceso, ya que debemos decir también que «¡nunca lo sabremos!» (como ya lo había dicho en su tiempo, y con gran escándalo, E. du Bois-Reymond [6], sin haber aclarado con esto nada nuevo en principio). Y mientras se conserve esa diferenciación entre lo «físico» y lo «psíquico», seguiremos perdidos entre estos términos de una manera absoluta e insuperable [7].

Sin embargo, la reducción, por una parte, de lo material a lo físico y de lo físico al devenir, y, por otra parte, la reducción de lo psíquico a las sensaciones (de la propia actividad psíquica), son en principio equivocadas.

La materia existe en el espacio y en el tiempo, pero la presencia de estas características no la agotan en su contenido. El automovimiento supone una nueva dimensión y habla de una «contradicción interna», que supone la existencia de una estructura y la interacción de sus partes, lo cual también se lleva a cabo en el espacio y en el tiempo, pero que de ninguna manera se reduce solamente a ellos. Desde el punto de vista del materialismo histórico y dialéctico, lo material en general no se halla limitado a lo físico, y naturalmente no todas las formas de la realidad material se caracterizan por sus medidas o magnitudes físicas. Así, por ejemplo, las relaciones de producción en una sociedad humana son materiales en un sentido estricto materialista dialéctico; estas relaciones existen en una sociedad determinada, y junto con ella, en un determinado tiempo y espacio; sin embargo, las relaciones de producción no se miden en medidas de longitud y tiempo. Preguntar acerca del grosor de estas relaciones es tan absurdo como preguntar lo mismo sobre los deseos, o sobre la alegría, o sobre los conceptos y representaciones (tal como lo hacen los representantes de una concepción idealista de lo psíquico). Las características político-económicas de los objetos, por ejemplo, de los artículos, de la renta, del precio de cambio, de la plusvalía en el sistema de producción mercantil, están tan estrechamente relacionados con las características naturales de las cosas que empiezan a ser representadas por sus propias características naturales. Fue necesario el genial análisis de C. Marx para desenmascarar este «fetichismo mercantil» [8]. Sin embargo, las características económicas de las cosas en realidad son materiales, existen en el espacio y en el tiempo de una sociedad determinada y no dependen de cómo sean entendidas por las personas, sino que, por el contrario, ellas determinan su comprensión. En una sociedad mercantil estas características son materiales, aunque no físicas, y por eso tampoco pueden ser evaluadas con metros o con horas, aunque el precio de cambio del artículo está determinada socialmente por el tiempo necesario para su producción. Pero es precisamente tiempo de producción en una sociedad determinada y no un tiempo astronómico por sí mismo.

En cuanto a las sensaciones de la propia actividad psíquica, para la psicología moderna ya no es un secreto que éstas son un producto de la autoobservación, de la introspección; y la autoobservación es a su vez producto, resultado de la educación social. En cualquier sociedad, a cada uno de sus miembros desde el nacimiento se le enseña a regirse por determinados modelos y reglamentos, y más tarde, cuando han sido asimilados, el mismo individuo es capaz de regirse por ellos. Como consecuencia de esto, cuando analizamos la autoobservación, siempre observamos alguna vivencia de «sí mismo», del propio yo, que sólo es factible en la medida en que esa autoobservación se halle educada y formada. Es sabido que en la medida en que se practica, la introspección se perfecciona, y muchas cosas que antes no eran experimentadas empiezan a serlo. Sin embargo, muchos aspectos de la vida espiritual, psíquica, permanecen fuera de los límites de la introspección y no son percibidos, aunque indudablemente permanecen en calidad de reflejo de una situación objetiva y de un proceso que transcurre (por ejemplo, en los procesos del pensamiento creador, en el «sentir un idioma», en la institución técnica, etc.).

De esta manera, incluso en el hombre, la sensación de su propia actividad psíquica en general no es una propiedad de los procesos psíquicos (aunque constituye una de las características particulares del psiquismo como producto social). En los animales también hay psiquismo, pero en ellos podemos negar, ya que tenemos todas las bases para ello, la existencia de conciencia de su propia actividad. La sensación de sentir la actividad psíquica en general no es el rasgo común de lo psíquico, y se puede decir que no es lo único que diferencia lo psíquico de lo físico.

Cuando lo material se limita a lo físico, entonces todo lo que no es físico se toma por no material, y la evidencia de su existencia es analizada como una «comprobación concreta» de que existe el ser ideal. Sin embargo, éste es un error demasiado vulgar. El mundo es uno, y la «unidad real del mundo consiste en su materialidad» [9]. Lo ideal como ser de sustancia específica no existe. Sin embargo, esto no quiere decir que no exista lo ideal. Precisamente de una deducción incorrecta de este tipo surge la conclusión sobre la cual V. I. Lenin escribió lo siguiente: «En el concepto de materia hay que incluir el pensamiento, como lo repetía Dietzgen en su libro Excursiones (página 214), pero precisamente esto nos lleva a una confusión, ya que en este tipo de inclusión pierde todo sentido la contraposición gnoseológica entre materia y espíritu, entre el materialismo y el idealismo; a qué contradicción nos lleva Dietzgen» [10]. Es evidente que el concepto de lo ideal, en su contenido concreto, no debe ser aislado, sino que debe ser reelaborado radicalmente.

¿Cuál es el contenido concreto que se tiene en cuenta cuando se habla de lo ideal? Ante todo se tiene en cuenta la imagen, la imagen de cualquier fenómeno, de cualquier proceso [11]. Es precisamente la imagen del objeto y no el objeto en sí, y en este sentido se trata de otro objeto, de un objeto ideal. Este segundo objeto es «ideal» en dos aspectos. En primer lugar, sus características, sean cuantas sean y se encuentren en variadas combinaciones, están representadas en una imagen aislada y no relacionada con todas las características del original o de su reflejo material, y sin las cuales no puede existir ninguna «cosa» en la realidad. En segundo lugar, esta separación que se hace de determinados rasgos en la imagen, los cuales son permanentes y se dan realmente en las cosas existentes, es decir, en su original y en su representación gráfica, aparecen en la imagen limpios y puros de todo lo que no es esencial. La imagen se descubre como un objeto que está representado solamente en sus rasgos más esenciales; y precisamente es de aquí de donde resulta la relación a la cual se alude frecuentemente entre lo «ideal» y lo «perfecto» (en el sentido en que está falto de elementos triviales).

La superioridad psicológica de reflejar el objeto en su aspecto de imagen consiste en que en ésta está representado solamente aquello que es importante para llevar a cabo una acción física o mental, y esto es evidente. La parte contraria de esta superioridad es que la imagen se descubre como algo libre en las limitaciones materiales de las cosas, es decir, como un ser ideal. Esto crea una ilusión del pensamiento, que empieza a raciocinar sobre las imágenes, teniendo en cuenta únicamente aquellas representaciones que fueron adquiridas en la experiencia con las cosas físicas.

A diferencia de lo material, que existe independientemente de la conciencia, de lo psíquico, la imagen existe únicamente en la conciencia, «sólo en el psiquismo». Lo ideal no es una clase de ser, sino que constituye una totalidad de rasgos que se manifiestan al sujeto, es la forma de aparición del objeto ante el sujeto. Esto responde a la definición ya conocida de lo ideal expuesto por C. Marx: «... lo ideal no es otra cosa que lo material trasladado a la mente humana y transformado en ella» [12]. En calidad de hecho dado al sujeto, lo ideal es solamente el contenido del reflejo psíquico del mundo objetivo. Aquí vemos la aclaración psicológica de la posición más importante de V. I. Lenin: «Es claro que la contraposición entre la materia y la conciencia tienen un significado absoluto solamente dentro de los límites de áreas muy delimitadas, en este caso en los límites del problema gnoseológico fundamental sobre el reconocimiento de qué es lo primario y qué es lo secundario. Fuera de estos límites, la relatividad de esta contraposición es indudable» [13]. Lenin (siguiendo sus comentarios sobre Dietzgen) subraya: «Fuera de estos límites, intentar operar con esta contraposición entre lo físico y lo psíquico, como si se tratara de una contradicción absoluta, sería una inmensa equivocación» [14].

Más allá de la materia no existe nada, pero existen «cuerpos altamente organizados», los organismos que poseen la propiedad del reflejo psíquico, es decir, ante él sujeto existe una aparición ideal de los objetos. Solamente en este tipo de «fenómenos» existe lo ideal, y éste constituye propiamente el contenido de dichos «fenómenos».

3. Lo psíquico como propiedad particular de la materia altamente organizada

Teniendo en cuenta las características generales de lo psíquico, tanto en el hombre como en los animales, nos detendremos en dos posiciones del materialismo dialéctico sobre lo psíquico, con los cuales no puede dejar de estar de acuerdo un naturalista imparcial: lo psíquico es una propiedad específica de la materia altamente organizada, lo psíquico es producto de la actividad de la función del cerebro, es un reflejo del mundo objetivo.

1. Lo psíquico es una propiedad específica de la materia altamente organizada. Esta es una fórmula corta y condensada; para poder comprender mejor su significado real es necesario que ampliemos su contenido.

Ante todo debemos estar seguros de que lo psíquico es una propiedad y no una «sustancia» o una «cosa aparte» (objeto, proceso, fenómeno, fuerza) como lo habían considerado todas las concepciones anteriores al marxismo y fuera de él. Unicamente Spinoza entiende «el pensamiento» como el atributo de una sustancia, y ésta es la solución más acertada que se ha dado antes de la filosofía marxista, aún cuando no sea capaz de responder a las exigencias del conocimiento actual, ya que para Spinoza el atributo no es una propiedad o algo derivado, sino que es «aquello que el entendimiento percibe de una sustancia como constituyente de su esencia» [15]; para Spinoza es esencia, pero no propiedad, y además algo primario y eterno.

El materialismo mecanicista, si bien no se decidió a negar por completo la existencia de lo psíquico, lo analiza como un «fenómeno» absolutamente extraño a todo el mundo material (y en este sentido hizo una concesión de principio al idealismo). Incluso habiendo reconocido que lo psíquico es producto del cerebro e inseparable de su base fisiológica, el materialismo mecanicista, sin embargo, siguió considerando que la unión entre los procesos materiales y el psiquismo es incomprensible (para explicar esta relación, J. Prestley recurre al concepto de Dios). Muchos dualistas (Fechner, Ebbinghause) estuvieron de acuerdo en reconocer en lo «psíquico» una parte «interna subjetiva» de los procesos materiales, cerrada herméticamente en su «evidencia subjetiva» y no como una «propiedad», porque una propiedad aparece en relación mutua con otras cosas.

El dualismo tropieza con una contradicción básica en todos sus intentos de explicación camufladas en el filtro de un análisis filosófico y biológico, llegando a la errónea conclusión —extraída de su tradición histórica clasificatoria— de que lo psíquico no es una propiedad exclusiva de los cuerpos materiales altamente organizados.

2. Lo psíquico es una propiedad de la materia altamente organizada, no de cualquier materia, sino únicamente de la altamente organizada, y, en consecuencia, aparece relativamente tarde en un nivel de desarrollo superior del mundo. En el lenguaje de las ciencias naturales de hoy en día esto se explica muy sencillamente; lo psíquico surge solamente en los cuerpos vivos, en los organismos vivos, y no en todos, sino solamente en aquellos animales que realizan una vida activa, que se mueven en un medio complejo y diferenciado [16]. A los cambios continuos de este medio los animales se ven obligados constante y activamente a adaptar su conducta, y esto exige un aparato nuevo y complementario que pueda prestar una ayuda a la conducta, y es precisamente la actividad psíquica. Para poder valorar esta sencilla concepción es necesario recordar que hasta el momento ni los psicólogos ni los filósofos partícipes de las posiciones del mismo dualismo agonizante, es decir, del paralelismo psicofísico, no han conseguido determinar las características de acuerdo a las cuales se hubiera podido juzgar con seguridad sobre la existencia o ausencia de lo psíquico en algún otro ser (organismo, cuerpo o estructura). Y esto sirvió de base para llegar a afirmaciones directamente contradictorias: o sobre la existencia de lo psíquico en toda la materia (pansiquismo) o sobre la ausencia del psiquismo en otras personas (solipsismo). Pero de todas estas valientes e infantiles sospechas, la observación del hecho de que lo psíquico es propiedad únicamente de la materia altamente organizada nos retrotrae a una posición objetiva de la cuestión y a su problema real, que, por cierto, no deja de ser nada fácil.

En calidad de propiedad que aparece únicamente en los seres altamente organizados, lo psíquico no es una propiedad general y primaria, sino derivada y secundaria. Ello implica la existencia de unos mecanismos que la originen y al mismo tiempo que muestren la utilidad indudable que tiene para el organismo y justifiquen su aparición. En otras palabras, a pesar de la concepción tradicional idealista que se tiene de lo psíquico (sobre lo cual no valdría la pena hablar si no fuera porque se encuentra tan difundida), el psiquismo debe tener una explicación desde el punto de vista de las ciencias naturales, es decir, por parte de los mecanismos fisiológicos que la realizan, así como por el papel que juega en la conducta.

3. Lo psíquico es una propiedad específica, particular. En el fondo de una concepción idealista, subjetiva sobre lo psíquico, su «particularidad» era entendida como la exclusión de todo lo que fuera material. En el materialismo dialéctico esta «particularidad» tiene otro significado completamente diferente. Esta particularidad, en primer lugar, significa la irreductibilidad de lo psíquico a los procesos fisiológicos, los cuales lo producen y constituyen su base fisiológica; y en segundo lugar, la distinción y diferenciación a lo largo del proceso evolutivo del mundo material en dos grandes niveles de desarrollo de los organismos: los que carecen de psiquismo y los que están dotados de actividad psíquica.

La propiedad de un cuerpo se manifiesta en la interrelación con otros cuerpos, y el psiquismo como propiedad no constituye una excepción de esta regla. El psiquismo también se manifiesta en interrelación con otros cuerpos, pero como propiedad particular se diferencia en que el organismo que la posee antes de un encuentro con otros cuerpos puede establecer y tener en cuenta las propiedades de dichos cuerpos. Esto sería incomprensible sin el psiquismo, pero su existencia, y en general la existencia del reflejo psíquico, implica que en éste estén representadas aquellas cosas del mundo objetivo con las cuales el organismo no se ha encontrado aún.

Naturalmente que, ante esta anticipación, la misma interrelación se realiza entre los cuerpos de una manera diferente que en ausencia de lo psíquico. De ahí que la particularidad de lo psíquico consiste no solamente en que se diferencie cualitativamente de su base biológica, sino en que gracias al reflejo psíquico los organismos que lo poseen, a diferencia de las relaciones fisiológicas con el medio externo, establecen formas nuevas y complementarias de interrelación con el mundo circundante, mucho más amplias, flexibles y útiles para su existencia y desarrollo.

De esta manera, las características de lo psíquico como «propiedad particular» no solamente no excluyen lo material, sino que, al contrario, lo psíquico se incluye en lo material, en las relaciones generales con el mundo material. Sin embargo, lo psíquico se incluye no en un nivel de igualdad a los otros cambios cualitativos, sino como un salto cualitativo a la existencia de la «materia altamente organizada», como tránsito no solamente a los cuerpos vivos, sino a cuerpos dotados de nuevas posibilidades, precisamente con las posibilidades de realizar acciones dirigidas a un fin. Estas nuevas posibilidades se abren gracias al reflejo psíquico del mundo objetivo. El desarrollo de este reflejo en los animales superiores constituye la garantía real de lo que posteriormente en el hombre recibe la forma de conciencia.

4. Lo psíquico es una función del cerebro, el reflejo del mundo objetivo

Cada una de estas posiciones puede ser analizada por separado, pero también es necesario que las examinemos juntas.

La primera de estas posiciones afirma concretamente que lo psíquico se manifiesta a través de un órgano material que es el cerebro, el cual, de esta manera, «no en palabras, sino de hechos», niega, suprime el abismo entre lo material y lo «ideal», representa lo «ideal» como producto de su actividad, como función de la materia altamente organizada. En calidad de objeto de una investigación científica especial, esta actividad del cerebro constituye el área de la psicofisiología.

La segunda de estas posiciones encarna la solución a la pregunta fundamental de la teoría marxista-leninista del conocimiento que ocupa un área extensa y compleja de la filosofía.

Para la psicofisiología lo importante son los procesos fisiológicos que producen lo psíquico; lo fundamental para la teoría del conocimiento son las condiciones en las cuales se da el conocimiento de la realidad objetiva y el criterio de verdad. Estas áreas del conocimiento son independientes de la psicología en la medida en que las leyes de la actividad del cerebro, por una parte, y las leyes del conocimiento, por otro, dictan las condiciones para que se realice la actividad psíquica, condiciones que son las mismas para todas las personas y bajo todas las circunstancias. Sin embargo, al mismo tiempo la psicofisiología y la teoría del conocimiento suponen la existencia de la psicología como una ciencia independiente. Si los representantes de la psicofisiología, en principio, negaron la psicología, esto significaría que los fenómenos psíquicos, después de que son producidos por el cerebro, no son dignos de estudio por cuanto no tienen un significado independiente, real; en otras palabras, esto quiere decir que tales psicofisiólogos mantienen la posición del paralelismo psicofísico, lo que no es otra cosa que un «perfecto» y disimulado dualismo. La teoría del conocimiento, la cual no supone, sino que, contrariamente, niega las investigaciones sobre el proceso del conocimiento desde el punto de vista psicológico, deberá reconocer entonces que la actividad cognoscitiva no es un proceso concreto, sino una «razón pura», cuyo sujeto es un «espíritu puro». De esta manera, tanto la psicofisiología como la teoría del conocimiento decididamente rechazan el materialismo dialéctico e histórico. La psicología es una ciencia concreta sobre aquella nueva forma de actividad de los organismos, en la cual se utilizan los reflejos psíquicos. Dicha actividad psíquica justifica tanto la actividad del cerebro en cuanto a su realización, como la preocupación de los representantes de la gnoseología sobre el criterio de verdad objetiva.

El cerebro emite lo psíquico como reflejo del mundo objetivo; ésta es, pues, la unión evidente entre las dos posiciones vistas anteriormente [17]. Sin embargo, ¿para qué son necesarios los reflejos psíquicos del mundo objetivo, qué utilidad aportan a los organismos? Para una persona que no haya pasado por la escuela del empirismo clásico o de la psicología fisiológica (lo mismo que las consecuentes orientaciones psicológicas, las cuales en realidad no han introducido cambios sustanciales en este problema), la respuesta es muy sencilla: el reflejo del mundo objetivo es necesario para poder actuar en él; y para actuar de una manera acertada, correcta, es necesario que este reflejo sea fiable, correcto.

Sin embargo, las dudas tradicionales obstaculizan, en líneas generales, una respuesta correcta. Estas dudas se refieren a la cuestión sobre de qué manera el reflejo psíquico puede intervenir en las reacciones del organismo. El razonamiento se expresa en los términos siguientes, por ejemplo: la acción externa es en esencia una acción física (en el sentido general de la palabra); la causa de estas acciones son los procesos físicos, fisiológicos. Suponer que el reflejo psíquico participa en este mecanismo fisiológico significa aceptar la influencia de lo «ideal» en lo material, hecho que no puede aceptar ningún naturalista (sin que con ello se arriesgue a romper con las leyes generales de los procesos del mundo material). Suponer que el reflejo psíquico, aunque es producido por el cerebro, en lo sucesivo no interviene en su trabajo, significa regresar a la posición del paralelismo psicofísico, a una variedad penosa del dualismo. Es claro que tenemos derecho a decir que todos estos razonamientos se realizan desde una posición dualista de «lo material y lo ideal», ya que suponen lo ideal como un ser de género específico, y que al lado de esta proposición se puede entonces dejar de lado todos los raciocinios anteriores.

A pesar de todo sigue en pie el problema acerca de cuál es la vía a través de la que los reflejos psíquicos abren posibilidades a un nuevo tipo de acción. En todo caso, nuestra pregunta inicial podría ser formulada de la siguiente manera: ¿para qué necesita el organismo de los reflejos psíquicos del mundo objetivo, cuando existe la evidencia ante nosotros del mundo y al mismo tiempo contamos con los reflejos fisiológicos (los cuales constituyen la base fisiológica de los reflejos psíquicos)? La verdadera dificultad de la cuestión radica en que hasta el momento todas las reacciones y respuestas del hombre y de los animales (desde el punto de vista de los mecanismos fisiológicos en sentido amplio) se entienden como automatismos, en cuyo caso no es posible encontrar un sitio en la «administración» fisiológica del organismo y, por lo tanto, se abre una brecha entre las explicaciones psicológicas y fisiológicas.

Por eso tiene un significado verdaderamente importante dentro de la psicología moderna, habiendo aportado el estudio de la actividad nerviosa superior nuevos datos, que hablan sobre la diferencia existente entre las reacciones automáticas y no-automáticas, y que señalan los posibles mecanismos nerviosos tanto de estas diferencias como del proceso de su realización. La cuestión aquí trata sobre las relaciones entre los reflejos condicionados y la actividad orientadora investigadora, la cual hace ya mucho tiempo había llamado la atención de I. P. Pavlov. En 1932, Pavlov formuló la relación entre ellas de la siguiente manera: «En las condiciones presentes de nuestra experiencia, en la primera aplicación de un agente nuevo, indiferente, que más tarde será el futuro estímulo condicionado, interviene únicamente el reflejo orientador; la expresión motora de éste, en la gran mayoría de los casos y cada vez más, tiende a disminuirse hasta llegar a una extinción completa, (...) cuando el reflejo orientador sigue existiendo, entonces al contrario, el efecto condicionado o está completamente ausente o está muy disminuido, y aparece y crece solamente en la medida en que desaparece el reflejo orientador» [18].

Pavlov ya había demostrado que el reflejo condicionado es muy sensible a los pequeños cambios que se efectúan en las condiciones de la experiencia; algo «nuevo» en relación con la situación corriente provoca inmediatamente un reflejo orientador, el cual (según se acostumbra a hablar en estos casos) se «reanima» y la reacción condicionada se inhibe. De esta manera, en condiciones de laboratorio se establece un tipo de relación antagónica entre los reflejos orientador y condicionado: el reflejo orientador inhibe la actividad refleja condicionada, y el reflejo condicionado inhibe el reflejo orientador.

Las investigaciones posteriores de los psicólogos soviéticos demostraron que esta alta sensibilidad se difunde a todos los componentes de la actividad refleja, no solamente a las condiciones de la experiencia (incluyendo el tiempo empleado en su realización), sino que también en el transcurso de las reacciones condicionadas se manifiesta dicha sensibilidad (lo cual es especialmente notorio en las reacciones motoras), lo mismo que en la cantidad y calidad del refuerzo. Semejante sensibilidad supone que las señales provenientes de todos los componentes entran en un «depósito» de la experiencia pasada, y allí se comparan, se «funden» con los modelos anteriormente formados. Evidentemente en el proceso de formación del reflejo condicionado y de su fijación exitosa en el sistema nervioso central quedan grabados, reflejados estos componentes en calidad de modelos, que se vuelven a verificar en la experiencia. Estos modelos han recibido un nombre especial: inicialmente se les llamó modelos que sirven de refuerzo; N. A. Berstein propuso llamarlos «modelos de necesidad futura» [19]; P K. Anojin los llamó «agentes de la acción» [20]; E. N. Sokolov, al modelo del estímulo condicionado lo llamó «modelo nervioso del estímulo» [21]. El término «modelo nervioso» resultó ser el nombre más adecuado. Posteriormente, nosotros seguiremos utilizando este término para significar el reflejo a nivel fisiológico de todos los modelos nerviosos del reflejo condicionado, y hablaremos del modelo nervioso del excitante (estímulo), modelo nervioso de la reacción (acción) y modelo nervioso del refuerzo (o de la futura necesidad).

Debemos subrayar que los modelos nerviosos representan solamente el reflejo a nivel fisiológico de todos los componentes del reflejo condicionado (de los excitantes, de las reacciones y de los refuerzos). Teniendo en cuenta estos modelos nerviosos es muy fácil representarse los mecanismos que se llevan a cabo entre la actividad orientadora y la actividad refleja condicionada; así, las señales (provenientes del excitante condicionado, de la acción que se realiza y del refuerzo) intervienen en el sistema nervioso central en sus correspondientes modelos y se funden con ellos. En caso de que haya identidad, el proceso nervioso pasa rápidamente a los mecanismos centrales de las reacciones motoras; en caso de no identidad, estos mecanismos se bloquean y la irritación pasa y se transmite a los centros de la actividad orientadora investigativa [22].

El reflejo condicionado (en la medida en que ya ha sido formado) es una reacción automática, y el refuerzo del reflejo condicionado constituye el proceso de su automatización [23]. Esta automatización interviene solamente cuando todas las condiciones del reflejo permanecen constantes, estereotipadas. Cuando en estas condiciones se cuela algo nuevo que amenaza el éxito de la reacción estereotipada, es necesario o cambiar este factor nuevo o retrasar la reacción y averiguar con anticipación en qué consiste esta novedad y en qué medida es significativa. Esta novedad se manifiesta en una discordancia que bloquea la reacción estereotipada y la excitación se transmite al centro de la actividad orientadora investigativa, la cual se pone en acción provocada por la discordancia del elemento irritativo «novedoso». El significado biológico que tiene esta relación con las señales del medio y la finalidad de sus mecanismos se hacen perfectamente comprensible y no dejan duda alguna.

Naturalmente, semejante mecanismo supone que la excitación del nervio sensitivo lleva a partir de su irritante (de su estímulo) el reflejo fisiológico. ¿Es posible demostrar la existencia de este reflejo en el nervio periférico? Aunque es necesario, hay que decir que los modelos nerviosos en las instancias centrales de los reflejos condicionados permanecen hasta ahora como una suposición en calidad de hipótesis. En realidad se trata de una hipótesis sin la cual nosotros no podríamos entender ni la alta sensibilidad del reflejo condicionado (a los cambios en la composición de los irritantes, a los cambios durante la realización de este reflejo y al refuerzo) ni su relación con el esquema cibernético de regulación, al cual indudablemente está sometido. En una palabra, aunque se trate de una hipótesis, resulta necesaria, y sería muy deseable el que se pudiera encontrar su confirmación fisiológica.

En relación con este hecho, es de un interés primordial el así llamado «efecto microfónico» del nervio auditivo, el cual fue establecido por el notable fisiólogo americano E. Weber [24]. La experiencia consistía en lo siguiente: en el nervio auditivo de un gato se introducen dos electrodos, con ayuda de los cuales se suprimen los potenciales de acción del nervio y se transmiten a unos amplificadores que se encuentran en otra habitación. Utilizando un amplificador, los impulsos eléctricos se transmiten a un micrófono dispuesto en la habitación siguiente. Si en el oído del gato (que se encuentra en el primer cuarto) se pronuncia una frase, entonces en el micrófono (que se encuentra en el tercer cuarto) se escucha tan claramente esta frase que se puede reconocer la voz de quién la pronunció, el tono y el timbre de voz.

El nervio auditivo reproduce muy sutilmente (en forma codificada) las particularidades del irritador sonoro, es decir, crea y transmite al reflejo fisiológico una gran exactitud; por supuesto, para el gato la parte significativa de la frase de una persona no es esencial; sin embargo, desde el punto de vista biológico es necesaria para el gato una sensibilidad altamente diferenciada a los irritantes auditivos. El nervio auditivo transmite el reflejo fisiológico que va del excitante al cerebro y donde se fusiona con el «modelo nervioso del estímulo».

De esta manera, las experiencias de Weber sirven, en primer lugar, como demostración directa del reflejo fisiológico, que va del irritador externo a la corriente biológica del nervio sensitivo, y en segundo lugar, como argumento indirecto, aunque de peso, de la existencia de reflejos fisiológicos de los modelos nerviosos en los centros nerviosos superiores. Si no existieran los modelos nerviosos se harían innecesarios los reflejos fisiológicos en el nervio sensitivo, ya que no serían utilizados, y sería absolutamente incomprensible la aparición y el desarrollo de la alta sensibilidad del aparato receptor.

En la concordancia o no concordancia de los impulsos aferentes con los modelos nerviosos centrales estriba precisamente aquel mecanismo nervioso que regula los cambios entre el reflejo condicionado y la conducta orientadora investigativa. Y la actividad orientadora investigativa no es una forma compleja de las reacciones automática, ya que no varía su carácter general, y no es un tránsito a los «ensayos ciegos», donde el significado biológico de éstos está dado por la obtención inmediata de un resultado beneficioso. En cambio, la tarea general y más importante de la actividad orientadora investigativa consiste en descubrir la causa que produce la discordancia, señalar el modo en que debe ser realizada la acción de acuerdo a las nuevas condiciones y solamente después llevarla a cabo. Aquí, la acción está determinada no por una combinación de «estímulos» y por las respuestas motoras del organismo, sino por una nueva relación que se establece entre las cosas, y que se distingue por estar orientada hacia un «fin». Siendo nueva esta relación, no posee todavía ni un significado condicionado (ni incondicionado). Esta nueva relación, que se manifiesta en calidad de «camino hacia un fin», posee solamente un significado de orientación. Esta relación nueva entre las cosas, que debe ser observada en el momento en que aparece ante el sujeto, constituye el resultado inmediato de la actividad orientadora investigativa. Se trata de una relación que se presenta ante el sujeto con su «contenido objetal», es decir, muestra la estrecha correlación entre unos objetos con otros; interviene no como un agente activo, sino como condición de la acción, y, por lo tanto, se «expresa» en el reflejo psíquico.

La actividad orientadora investigativa, en cuanto a su composición operacional, contiene necesariamente el reflejo psíquico. Las imágenes del mundo objetivo constituyen la condición indispensable del tránsito de las reacciones automáticas y autorizadas a las reacciones no-automáticas. La actividad investigativa orientadora de incluye automáticamente como «incoordinación», pero en sí misma ella es una actividad no automática (aunque como veremos más adelante contiene reacciones automáticas, las cuales están sometidas a una orientación activa).

La existencia de un mecanismo especial que regule los cambios entre la conducta refleja condicionada y la conducta orientadora nos sirve como argumento de peso para demostrar que el cerebro realiza lo psíquico no como un epifenómeno indiferente a la actividad interna propiamente fisiológica, sino que precisamente una sola regulación automática de las relaciones con el medio, al hacerse insuficiente, provoca la necesidad del reflejo psíquico. Cuando está a estas exigencias, el cerebro bloquea las reacciones automáticas y traduce, transmite la irritación a los mecanismos de la actividad orientadora investigativa. Junto con su ampliación se lleva a cabo el tránsito desde un nivel puramente fisiológico del reflejo de la situación hasta el nivel siguiente, mucho más alto, el del reflejo psíquico. De tal manera (semejante a la percepción de un cuadro), la parte material del reflejo se aparta de su posición de base, y reflejando en un primer plano el contenido objetal como el campo de las acciones posibles para el sujeto.

Es claro que el reflejo psíquico de una situación no actúa en sí mismo, pero no se trata de un epifenómeno, sino que constituye la condición necesaria para la realización de acciones cualitativamente nuevas, no-automáticas.



Notas

[1] V. I. Lenin, Obras completas, t. 29, p. 330.

[2] Idem, op. cit., t. 42, p. 289.
 
[3] Idem, op. cit., t. 29, p. 330.
 
[4] En la citada intervención de Lenin encontramos la idea de estudiar un problema desde diferentes ángulos y de qué manera hacerlo para evitar la arbitrariedad de la elección (V. I. Lenin, Obras completas, t. 42, pp. 289-290). A este punto volveremos posteriormente en relación a la cuestión del estudio de los problemas entre la psicología y las ciencias afines (cap. 3, § 8, y cap. 5).

[5] V. I. Lenin, Op. cit., t. 18, pp. 264-332.
 

[6] E. du Bois-Reymond, Los límites del conocimiento de la naturaleza. Los siete misterios del mundo, Moscú, 1901 (en ruso).
 

[7] Con esto se explican los intentos idealistas de los notables naturalistas y fisiólogos del sistema nervioso central, como CH. Sherrington, The brain and its Mechanisms, Cambridge, 1934; ídem: Man on bis Nature, Cambridge, 1940; J. Eccles, The neurophysiological basis of mind, Oxford, Clarendon Ress, 1953; E. Adrian, «The consciousness», en Brain and Conscious experience, Berlín, Springer, 1966, pp. 238-247.
 

[8] C. Marx, F. Engels, Obras, t. 23, pp. 80-93.
 

[9] V. I. Lenin, Obras completas, t. 18, p. 117.
 

[10] Idem, op. cit., t. 18 (p. 259).

[11] E. V. Ilenkov, «Lo ideal», en el libro Enciclopedia filosófica, t. 2, Moscú, Enciclopedia Soviética, 1962. También del mismo autor, La lógica dialéctica. Ensayo histórico y teórico, Moscú, Politizdat, 1947, pp. 197-198. También en N. I. Kondakov, Diccionario de consulta sobre lógica, Moscú, Nauka, 1975, p. 188 (en ruso).
 

[12] C. Marx y F. Engels, Obras, t. 23, p. 21.
 

[13] V. I. Lenin, Op. cit., t. 18, p. 151.
 

[14] Idem, op. cit., t. 18, p. 259.
 

[15] B. Spinoza, «Etica», parte primera, en el libro Obras selectas, Moscú, Gospolitizdat, 1957, p. 361 (edición rusa).
 

[16] A. N. Leontiev, Problemas del desarrollo psíquico, Moscú, ed. APN RSFSR, 1959, pp. 159-176.
 

[17] A. V. Petrovsky, Historia de la psicología soviética, Moscú, ed. Prosveschenie, 1967, p. 138 (en ruso).
 

[18] I. P. Pavlov, Obras completas, t. 3, Moscú-Leningrado, 1951, pp. 161-162.
 

[19] N. A. Berstein, Ensayos sobre la fisiología de los movimientos y de la actividad, Moscú, «Medicina», 1966, p. 281.
 

[20] P. K. Anojin, «Características del aparato aferente del reflejo condicionado y su significado en la psicología», revista Cuestiones de Psicología, n.° 6, 1955 (en ruso).
 

[21] E. N. Sokolov, «Modelo nervioso del estímulo», Conferencias de la Academia de Ciencias de la URSS, n.° 4, 1959. El mismo autor: «Neuronal model and the orienting Reflex, en The central Nervous Systems and Behavior, N. Y., 1960. El mismo autor: «El reflejo orientador como sistema cibernético», Revista de la actividad nerviosa superior, I. P. Pavlov, 1963, t. 13, ed. 5ª, pp. 820-822.
 

[22] Esta explicación pertenece al autor anteriormente citado. Idem [18] [19] [20].
 

[23] A. G. Ivanov-Smolensky, «Sobre el reflejo orientador e investigativo», en Revista rusa de fisiología, 1927, t. 10, eds. 3ª y 4ª, pp. 257-265.
 

[24] E. Weber, Theory of Hearing, N. Y., 1970. También en el libro Psicología de la percepción, ed. MGU, 1973, p. 184. También en Fisiología de los sistemas sensoriales, Leningrado, 1972.



Fuente: Galperin, P. Y., Introducción a la psicología, un enfoque dialéctico, Pablo del Río Editor, Madrid, 1979, pp. 37-55.



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